CALIFORNIA, ESTADOS UNIDOS.- Durante años, el relato dominante ha sido claro: las redes sociales nos están volviendo adictos, casi al mismo nivel que el tabaco o el juego. Informes oficiales, tertulias y titulares han repetido esa idea hasta convertirla en sentido común. Ahora, Ian A. Anderson y Wendy Wood, investigadores de la Universidad del Sur de California, acaban de publicar en Scientific Reports de Nature, un trabajo que se atreve a ir a contracorriente: cuando hablamos de redes sociales, lo más habitual no es la adicción, sino el hábito, y confundir ambas cosas tiene un coste tan negativo como tangible.
El estudio, con un total de 1.204 participantes, se centra en dos grandes muestras: por un lado, un panel representativo de 380 usuarios adultos de Instagram en Estados Unidos; por otro, un grupo de estudiantes universitarios usuarios de TikTok, cuyos datos se recogen en los materiales suplementarios. En ambos casos se combinan medidas clínicas de síntomas adictivos con preguntas directas sobre cómo se perciben los propios usuarios: ¿se sienten “adictos”? ¿O simplemente reconocen que tienen un hábito muy arraigado de consulta compulsiva?
Los resultados son llamativamente asimétricos. Aplicando una escala de referencia en psicología clínica (la Bergen Instagram Addiction Scale, adaptada para la ocasión), únicamente el 2 % de los usuarios de Instagram entra en la franja que se considera “señal de alerta” de posible adicción, con síntomas como abstinencia al dejar de usar la app, conflictos con trabajo o estudios y repetidos fracasos al intentar reducir su uso.
Sin embargo, cuando se les pregunta de forma directa, el 18 % afirma sentirse al menos “algo” adicto, y un 5 % está muy de acuerdo con esa etiqueta. Es decir: más de la mitad de quienes se consideran adictos no presentan el cuadro sintomático que se usa para hablar de adicción en manuales diagnósticos. Con TikTok los datos son aún más extremos: sólo un 9 % estaría en zona de riesgo, frente a un 59 % que se etiqueta a sí mismo como adicto en las escalas de autoinforme.
En paralelo, alrededor de la mitad de los participantes describe su relación con Instagram como un hábito automático: algo que hacen casi sin pensar, activado por señales del entorno (el móvil en la mesa, un momento muerto, una notificación) más que por un impulso irresistible comparable al de las sustancias adictivas. Esa distinción entre hábito y adicción no es sólo semántica; estructura completamente la forma en que interpretamos nuestro comportamiento digital.
Cuando llamarlo “adicción” te quita control en vez de ayudarte
La parte más inquietante del trabajo de Anderson y Wood llega cuando analizan qué pasa psicológicamente con quienes se autodefinen como adictos. En comparación con los usuarios que hablan de hábito, quienes usan la palabra “adicción” sienten menos control sobre su uso de Instagram, recuerdan más intentos fallidos de reducirlo y se culpan a sí mismos con mayor intensidad por “no ser capaces” de usar la red de forma razonable. Es, en cierto modo, una profecía autocumplida: cuanto más internalizas la idea de que eres adicto, más imposible te parece cambiar.
Los autores señalan además un responsable incómodo: el discurso mediático. La exposición continua a mensajes que describen las redes como “tóxicas” o “adictivas” multiplica la probabilidad de que la gente interprete su propio uso en esos términos, incluso cuando los síntomas clínicos simplemente no están ahí. Esto encaja con un debate más amplio en psicología sobre los mitos en torno al impacto de las redes sociales en el bienestar, en el que distintos trabajos vienen recordando que las asociaciones entre uso intensivo, ansiedad o depresión suelen ser débiles y muy dependientes de cada caso.
No es la primera vez que Anderson adopta esta posición frontalmente escéptica: ya en 2021 firmó junto a Wood un artículo de opinión en The Washington Post bajo un titular contundente, “La adicción digital es un mito. Lo que tienes es un mal hábito, y es corregible”, una frase que ahora encuentra respaldo empírico en un conjunto de datos mucho más amplio y cuidadosamente analizado.
Desde la mirada de Anderson y Wood, el reto no es negar los problemas, sino recolocarlos: en vez de hablar de adictos, es más útil hablar de hábitos fuertemente arraigados, que se construyen repetidamente en contextos concretos y que pueden modificarse, lenta pero firmemente, cambiando rutinas, entornos y expectativas. Es una forma menos dramática de contar la historia, sí, pero también una que devuelve al usuario algo fundamental en la era de las notificaciones infinitas: la idea de que, con paciencia y método, tiene margen para recuperar las riendas y gestionar su relación con estas aplicaciones.
AM.MX/fm
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