Rajak B. Kadjieff / Moscú
*Personaje oscuro autoproclamado santo.
*Su última cena y el eco de una profecía.
*Sus presagios marcaron el fin de una dinastía.
“Ya es tarde”, le respondió Gregori Rasputin el ministro del interior ruso, Alexander Protopopov, quien le avisó de la conspiración que pretendía matarlo, cuando el extraño hombre que había penetrado en el círculo de hierro de la familia imperial rusa debía morir salvar la monarquía; pero, dos meses después de su muerte, el zarismo cayó.
De lo que muchos historiadores están seguros es de que Rasputin había presagiado ambos desenlaces por parte de quien era un sujeto despreciable, o que la realeza rusa consideraba despreciable, borracho, libertino, obsceno, corrupto que se decía sacerdote, hombre santo, astrólogo, adivino, mago y clarividente
La realidad es que aquel imperio fundado en 1613 se caía a pedazos, y en diciembre de 1916, Rusia tambaleaba bajo el gobierno debilitado del zar Nicolás II y de su mujer, Alejandra, una pareja formada por el dedo celestino de la reina Victoria de Inglaterra.
La economía rusa estaba destruida, el imperio padecía una escalofriante inflación, la gente moría de hambre en las calles y en los campos, la pobreza extrema era parte de una geografía a la que el imperio parecía no prestarle atención.
En ese clima, se agitaban las aguas el embrión de una revolución popular que parecía inminente, y lo era, liderada por Vladimir Illich Uliánov, Lenin, a quien el II Reich alemán le había facilitado y financiado su viaje a Rusia para ayudar a incendiar aquel imperio que iba en caída libre.
Otro hecho real e incontrovertible era que, en diciembre de 1916, Alemania estaba en guerra con Rusia y la desangraba en los campos de batalla, bajo un mando inútil, incapaz y corrupto, insensible como ningún otro.
El zarismo casi en ruinas debía deshacerse de Rasputin, un extraño monje, si lo era, que se había insertado en la corte de los parásitos que parecía minarla desde adentro; pero su eliminación o muerte no iba a solucionar nada, ni la economía, ni la crisis social, ni la miseria de campesinos y obreros.
No iba a evitar la derrota rusa frente a las tropas del káiser Guillermo, ni siquiera iba a sembrar una semilla de paz porque, cualquiera fuese el futuro a enfrentar, los nubarrones de una guerra civil se cernían sobre el imperio.
Había que acabar a Rasputin porque era un símbolo de aquella decadencia. Era un sujeto despreciable, o la realeza rusa lo consideraba despreciable, borracho, libertino, obsceno, corrupto que se decía sacerdote, hombre santo, astrólogo.
Sin embargo, Rasputin era todopoderoso, y tenía a los zares, en especial a la zarina Alejandra, en un puño: en varias ocasiones había salvado la vida del heredero del trono, el zarevich Alexei, que en diciembre de 1916 tenía trece años y padecía de hemofilia, un trastorno hereditario que impide la coagulación de la sangre que, por lo general, transmite la madre a los hijos varones.
El heredero del imperio vivía entre algodones, pues padecía hemorragias internas en especial en las articulaciones; no podía siquiera jugar en paz porque cualquier corte, lastimadura o golpe ponía en peligro su vida.
Fue el zarevich y su mal lo que hizo que Rasputin ganara influencia sobre los zares. Había llegado a la corte de San Petersburgo en 1903 de la mano del confesor de los zares. La nobleza rusa le abrió el corazón a aquel hombre extraño, un monje que hacía del misticismo su mejor herramienta.
Entre quienes lo seguían estaban las grandes duquesas Militsa y Anastasia, esposas de dos miembros de la familia reinante, los Romanov. Ellas fueron las que, en 1905, presentaron a Rasputín a la zarina Alejandra, cuando el zarevich tenía apenas un año.
Rasputin ejerció una influencia decisiva sobre la zarina Alejandra por su supuesto poder para sanar al heredero Alexei, enfermo de hemofilia, enfermedad heredada de la reina Victoria de Inglaterra y sus ancestros.
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