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lunes, febrero 9, 2026

OTRAS INQUISICIONES: El zapato y el poder

Por Pablo Cabañas Díaz

Las repúblicas no se sostienen sólo con leyes, sino con símbolos. Y cuando los símbolos se degradan, la ley comienza a tambalearse. Lo ocurrido el 5 de febrero de 2026 en Querétaro —la escena cortesana en la que dos colaboradores limpiaron los zapatos del presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar Ortiz— no es un episodio anecdótico. Es una radiografía de nuestro tiempo.

La Constitución cumplía 109 años. En el Teatro de la República se evocaba, como cada año, la gesta de 1917: la de un país que decidió romper con el autoritarismo y colocar al ciudadano por encima del funcionario. Sin embargo, a unos metros de ese recinto histórico, el mensaje simbólico fue exactamente el contrario. Un alto servidor público, con las manos en los bolsillos, permitió que una subordinada se inclinara para retirar la suciedad de su calzado. Después, otro asistente repitió el gesto. El acto fue breve, pero su significado inmenso.

No se trata de una cuestión de etiqueta o de buenos modales. Se trata de poder. Del modo en que el poder se concibe a sí mismo y del modo en que quiere ser visto. En las monarquías absolutas, el súbdito limpiaba los zapatos del señor.

Que la persona arrodillada haya sido, además, la directora general de Comunicación Social de la propia Corte, Amanda Pérez Bolaños, añade una capa aún más inquietante al episodio. No fue un ayudante improvisado: fue una funcionaria de alto nivel, parte de la estructura institucional encargada precisamente de cuidar la imagen del Poder Judicial. La escena revela, por tanto, no sólo una relación personal de sumisión, sino una cultura organizacional donde la jerarquía se confunde con servilismo.

Las redes sociales reaccionaron con indignación. Y con razón. Millones de mexicanos viven entre la precariedad y el esfuerzo cotidiano; millones se suben cada mañana a un transporte público saturado, trabajan jornadas interminables y pagan impuestos para sostener a las instituciones. Ver al titular de uno de los tres poderes de la Unión comportarse como un pequeño Virrey del siglo XIX es, cuando menos, ofensivo.

La defensa de los hechos —si es que alguien intenta defenderlos— suele refugiarse en la coartada de lo trivial: “sólo fue un gesto de cortesía”, “un acto espontáneo”, “una simple limpieza”. Pero la política está hecha de gestos. Benito Juárez no se volvió un referente moral por sus discursos, sino por su austeridad republicana. Lázaro Cárdenas no se ganó el respeto popular por sus trajes, sino por su cercanía con la gente. En cambio, los excesos, por mínimos que parezcan, terminan definiendo a los gobernantes.

El episodio resulta aún más contradictorio si se recuerda que, días antes, el propio Aguilar había anunciado la cancelación de la compra de nueve camionetas blindadas para ministros, tras un alud de críticas por el gasto excesivo. Aquella decisión buscaba enviar un mensaje de sobriedad. Lo ocurrido en Querétaro envió el mensaje opuesto: el de una élite que, aun cuando retrocede en lo material, no renuncia a sus hábitos de superioridad.

Hay además un ángulo que no puede ignorarse: el de género. Que sea una mujer quien se incline ante un hombre poderoso para limpiarle los zapatos en plena vía pública tiene una carga simbólica inevitable. Por eso algunos analistas han calificado el acto de machista y misógino. No porque haya habido una intención deliberada de humillación, sino porque reproduce un esquema arcaico de dominación masculina que la vida pública mexicana debería haber superado hace décadas.

El Poder Judicial atraviesa, desde hace años, una crisis de credibilidad. Sentencias polémicas, privilegios desmedidos, salarios desproporcionados y una percepción creciente de lejanía respecto a la sociedad. En ese contexto, la imagen de Querétaro funciona como una metáfora perfecta: un poder que, en vez de inclinarse ante la ciudadanía, permite que la ciudadanía simbólica se incline ante él.

Las democracias modernas exigen funcionarios sobrios, discretos, conscientes de que su autoridad proviene del pueblo y no de una supuesta superioridad personal. Cuando un ministro acepta que le limpien los zapatos como si fuera un aristócrata, olvida una verdad elemental: en la República nadie está por encima de nadie.

No sabemos qué pensó Hugo Aguilar Ortiz en ese momento. Tal vez nada. Y ese es precisamente el problema. En política, lo imperdonable no siempre es la mala intención; a veces lo es la inconsciencia. La inconsciencia de creer que el poder otorga derechos especiales, gestos excepcionales, tratos distintos.

El pañuelo que limpió esos zapatos ensució algo más profundo: la dignidad simbólica de una institución que debería ser ejemplo de mesura republicana. Y en tiempos en que México necesita justicia, serenidad y grandeza moral, escenas como ésta nos recuerdan cuánto nos falta para ser, de verdad, una nación de ciudadanos y no un país de cortesanos

pcdmx2012@gmail.com

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