CIUDAD DE MÉXICO.– México se prepara para el Mundial 2026 con una inversión sin precedentes: una derrama estimada cercana a los 3 mil millones de dólares, más de 6 mil millones de pesos en infraestructura pública y recursos adicionales para la modernización de estadios emblemáticos como el Azteca.
En paralelo a este despliegue, comienza a tomar forma una conversación complementaria: cómo traducir el impulso del torneo en beneficios sostenidos más allá del evento.
En línea con tendencias globales de inversión ESG y de impacto, el deporte —y en particular el fútbol— ha comenzado a consolidarse como una plataforma efectiva para canalizar recursos hacia objetivos sociales medibles, desde la recuperación de espacios públicos hasta el fortalecimiento del tejido comunitario.
“Cuando las comunidades participan en la creación de sus espacios, el resultado no es solo infraestructura: es un activo social que se mantiene en el tiempo”, señala Emilio Martínez, Director de Operaciones de love.fútbol en México.
El punto de partida es estructural. El fútbol no ocurre únicamente en los estadios del Mundial. Se practica todos los días en espacios públicos que, en muchos casos, enfrentan retos de infraestructura, mantenimiento y uso continuo.
De acuerdo con datos del INEGI, una parte significativa de la población en México realiza actividad física en espacios comunitarios, lo que posiciona a estas canchas como activos relevantes dentro de cualquier estrategia de inversión social vinculada al deporte.
En este contexto, el desafío no es únicamente ampliar la infraestructura, sino asegurar su sostenibilidad operativa y social en el tiempo, un criterio cada vez más relevante en esquemas de inversión de impacto.
Ahí es donde modelos como el de love.fútbol se insertan de manera natural en la conversación. Con 20 años de experiencia y más de 100 proyectos en 17 países, la organización ha desarrollado una metodología basada en participación comunitaria, donde las personas intervienen en el diseño, construcción y activación de sus espacios deportivos, generando indicadores consistentes de uso, apropiación y mantenimiento.
En México, donde ha implementado 21 proyectos, estos espacios operan como infraestructura social activa: puntos de encuentro que combinan deporte, cohesión comunitaria y uso continuo del espacio público.
Este enfoque responde a una lógica cada vez más presente en agendas ESG: la necesidad de vincular inversión con resultados tangibles y sostenibles, más allá de la obra física inicial.
Para actores públicos, privados y sociales, el torneo representa así una oportunidad concreta: estructurar alianzas que permitan complementar la inversión en el evento con iniciativas de impacto social escalable, alineadas con objetivos ESG y métricas de largo plazo.
“Más que sustituir prioridades, el reto es ampliarlas: combinar inversión en infraestructura de alto perfil con activos comunitarios que generen retorno social sostenido”, señala Emilio Martínez, Director de Operaciones de love.fútbol en México.
Así, el legado del Mundial 2026 podría evaluarse no solo en términos de derrama económica o activos físicos, sino en su capacidad de activar ecosistemas locales donde el deporte funcione como catalizador de desarrollo social. Un terreno donde el desafío no es construir más, sino invertir mejor: con mayor participación, medición y permanencia.
AM.MX/fm
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