CIUDAD DE MÉXICO.- En los últimos años, diversas marcas como Siroko, Ikea, Fnac España, entre otras, han lanzado campañas que cuestionan el impacto de la hiperconexión digital en las relaciones humanas. Estas parten de la premisa que cada vez más personas permanecen concentradas en sus celulares y evitan la interacción cara a cara.
Según el Digital 2025 Global Overview Report de DataReportal, las personas pasan en promedio 6 horas y 38 minutos al día conectadas a internet; dicho de otro modo, dedicamos alrededor del 40 % de nuestro tiempo de vigilia a interactuar con dispositivos digitales. De ese total, más de dos horas corresponden al uso de redes sociales, una cifra que en regiones como América Latina supera ampliamente las tres horas diarias. Esto refleja una dinámica cada vez más determinante: la economía de la atención, donde el recurso más valioso ya no es la información, sino el tiempo activo de los usuarios.
Sistemas diseñados para maximizar la permanencia, a través del scroll infinito, la personalización algorítmica y la gratificación inmediata, terminan condicionando la forma en que consumimos contenido. No es un fenómeno menor. Recientemente, un juez en California declaró responsables a empresas como Meta y YouTube en un caso relacionado con la adicción a redes sociales, evidenciando el impacto que las plataformas digitales tienen en el comportamiento de sus usuarios.
En ese escenario, la información circula en un ecosistema orientado más a la distracción que a la profundidad, lo que evidencia que existe una desconexión humana en medio de una hiperconexión digital. Ante esto, el periodismo se enfrenta a una pregunta clave: ¿cómo usar el oficio para reconectar a las personas con la realidad que habitan y entre sí?
Saturación informativa vs hiperconexión selectiva
Una parte significativa de las personas se siente abrumada por el exceso de información e incluso evita activamente las noticias. Sin embargo, esto no las aleja de las plataformas digitales: según GlobalWebIndex, tienden a refugiarse en contenidos ligeros o emocionales, más alineados con sus intereses. En ese sentido, la saturación no reduce el consumo sino que lo reconfigura.
Esta hiperconexión selectiva, marcada por algoritmos que priorizan la inmediatez, la afinidad y las emociones, termina filtrando la realidad en fragmentos que no siempre permiten comprenderla. Así, mientras las audiencias permanecen activas en las plataformas, su capacidad de construir una lectura coherente de la realidad se erosiona.
En América Latina esta tensión se intensifica, puesto que no solo presenta algunos de los niveles más altos de uso de redes sociales en el mundo sino también señales claras de saturación. Según el Digital News Report 2025, la evasión informativa alcanza un 40 % y la saturación un 31 %, lo que evidencia que muchos usuarios se sienten abrumados por la cantidad de información disponible, en gran parte porque su consumo ocurre de forma pasiva, a través del scroll continuo en las plataformas.
¿El periodismo contribuye a la desconexión?
A pesar del ruido digital y del predominio del entretenimiento en redes sociales, la búsqueda de información sigue siendo necesaria. Las audiencias, aunque cada vez más habituadas al consumo fragmentado, siguen necesitando comprender lo que ocurre a su alrededor. Ahí es donde el periodismo tiene la oportunidad de aprovechar esos espacios de atención para ofrecer información relevante, rigurosa y significativa.
Sin embargo, en la práctica, algunas dinámicas del entorno digital han llevado a ciertos medios a reproducir contenidos que desconectan más de lo que informan y que priorizan la atención sobre el sentido; es decir, la viralidad sobre el contexto.
Esto se refleja en prácticas como el uso de herramientas de IA para especular sobre escenarios sin sustento informativo, como preguntarle a un chatbot cómo sería una situación, un lugar o el destino de una figura pública; la reducción de la agenda editorial a contenidos de entretenimiento, dejando de lado temas políticos, sociales o de análisis, o forzándolos a encajar dentro de la lógica del espectáculo; la amplificación de polémicas superficiales que alimentan las métricas digitales sin aportar al debate público; o la publicación constante de videos virales sin contexto, donde el medio actúa más como difusor de tendencias que como filtro y verificador de la información.
Estas prácticas no solo afectan la calidad de la información, sino que contribuyen a que el periodismo pierda su capacidad de orientar, explicar y conectar a las audiencias con la realidad.
Mayor conexión digital no significa mayor cercanía humana
En paralelo, investigaciones sobre bienestar como el Harvard Study of Adult Development han demostrado que la calidad de las relaciones humanas es uno de los factores más determinantes en la satisfacción con la vida.
Un estudio longitudinal publicado en 2024 en Sage Journals encontró que tanto el uso pasivo como activo de redes sociales se asocia con mayores niveles de soledad a lo largo del tiempo. De forma similar, investigaciones en América Latina muestran que, entre adolescentes, el uso intensivo de estas plataformas se asocia con mayores niveles de aislamiento social.
Aunque estos estudios no se centran en el entorno digital, su conclusión plantea una tensión que no se puede ignorar en la actualidad: el uso intensivo de plataformas digitales amplía las posibilidades de contacto, pero no necesariamente fortalece los vínculos.
Recomendaciones para hacer un periodismo que conecte
1. Fomentar la conversación pública
Más allá de informar, el periodismo puede abrir espacios para el diálogo, la participación y la construcción colectiva de sentido. Escuchar a las audiencias no solo amplía perspectivas; también fortalece el vínculo con la información y sus realidades.
2. Informar sin profundizar la fatiga emocional
Investigaciones, como esta de la American Psychological Association, advierten que el uso intensivo de redes sociales puede asociarse con problemas de salud mental, incluidos síntomas de ansiedad y depresión, especialmente en jóvenes.
A raíz de esto, el periodismo debe asumir un rol cuidadoso: ofrecer contexto, evitar el sensacionalismo y contribuir a una comprensión que no agote, sino que acompañe.
3. Reconocer y responder a la saturación informativa
El periodismo no puede limitarse a producir más contenido, sino a hacerlo mejor. El desafío está en seleccionar, jerarquizar y dar contexto. Apostar por la curaduría, la síntesis y la relevancia implica priorizar calidad sobre cantidad.
4. Construir memoria
Cada historia publicada no solo responde a una coyuntura, sino que también contribuye a documentar el presente. En ese sentido, el periodismo debe construir memoria, una tarea que implica aportar contexto a la inmediatez, registrar voces y preservar aquello que, de otro modo, podría perderse en el flujo constante de información.
Se trata de dar continuidad a los hechos y evitar que se diluyan. Así, la memoria pasa de ser efecto secundario a una función central del periodismo: contar no solo lo que ocurre, sino dejar un rastro que permita comprenderlo, cuestionarlo y recordarlo.
5. Garantizar una cobertura equilibrada y evitar la polarización
Si el objetivo es reconectar a las personas, el periodismo debe ser cuidadoso con los enfoques que profundizan la confrontación.
Titulares incendiarios, encuadres extremos o narrativas que simplifican los conflictos en bandos opuestos pueden amplificar la división. Informar con contexto, matices y múltiples voces además de enriquecer la comprensión, contribuye a acercar posiciones en lugar de distanciarlas.
En un ecosistema diseñado para distraer, el desafío del periodismo está en recuperar su capacidad de conectar con los hechos, con el contexto y, sobre todo, con las personas.
Si el periodismo no logra reconectar a las audiencias con la realidad y entre sí, corre el riesgo de diluirse en el mismo ruido que busca explicar. Porque en la era de la hiperconexión, informar ya no es suficiente, reconectar también es parte del oficio.
AM.MX/fm
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