ALGO PARA RECORDAR: La guerra social de los blancos y los mayas

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Luis Alberto García / Mérida, Yucatán

*Conflicto no de castas, sino político e interracial en el siglo XIX.
*Definiciones históricas precisas de A. Barrera Rubio y F. J. Paoli Bolio.
*”La historia de un pueblo y de una planta”, de Fernando Benítez.
*Media centuria de un Estado casi independiente.
*De 1847 a 1901, enfrentamientos crueles y sin cuartel

Deambulando por la plaza de armas de esta capital peninsular a fines de 2024, a la sombra de los almendros y a la vista de las bancas alrevesadas que adornan los jardines recién bañados por la lluvia vespertina, al contemplar la añeja catedral de San Ildefonso, pensamos en esos escenarios históricos durante la mal llamada Guerra de Castas de Yucatán.
Alfredo Barrera Rubio, autor de “En busca de los antiguos mayas”, nos dice que esa rivalidad a muerte debe ser analizada y vista como un conflicto social, político e interracial que duró algo más de medio siglo, mató a cerca de un cuarto de millón de indígenas mayas y mestizos, y casi borró del mapa a la población blanca de toda la península.
Para Francisco José Paoli Bolio, abogado, político, escritor, ensayista, catedrático universitario emeritense nacido en 1941, la llamada Guerra de Castas es uno de los acontecimientos más dramáticos y crueles que registra no solamente la historia nacional, sino la latinoamericana.
Paoli escribió en Itzimná, en 2014, “La guerra de castas en Yucatán” (Ediciones Dante, Mérida, Yuc.), que ofrece al lector una extraordinaria historia gráfica que conjuga textos profundos y completamente comprensibles, con testimonios de una época que, indudablemente, transmiten dramatismo al relato de esa gesta.
Ese conflicto generó un Estado maya casi independiente que funcionó durante cincuenta años en lo que hoy es Quintana Roo, y los libros de texto mexicanos lo mencionan en dos párrafos como si fuera una nota de color.
Como recuerda el profesor Fernando Benítez en “Ki la historia de un pueblo y una planta”, en julio de 1847 los mayas yucatecos ya llevaban tres siglos acumulando agravios: sus tierras comunales habían sido absorbidas por haciendas que se expandían, eran obligados a pagar cuotas a la Iglesia por cada bautizo y cada misa.
Además, trabajaban como peones acasillados y endeudados -los “adelantados” los llamó el productor y documentalista Gustavo Alatriste en una de sus películas- en tiendas de raya de las que nunca podían salir, no tenían derechos ciudadanos ni ningún otro.
No importaba, aunque ese pueblo hubiera construido la mayor parte de la civilización mesoamericana, y encima de todo, los políticos yucatecos los habían armado, entrenado y mandado a pelear sus guerras internas entre Mérida y Campeche, y luego Santa Anna los había mandado a morir en Texas o como esclavos en Cuba.
Cuando los caciques mayas Manuel Antonio Ay, Cecilio Chi y Jacinto Pat se organizaron en la hacienda Culumpich y el gobierno yucateco detectó la conspiración y arrestó y ejecutó a Ay en la plaza de Valladolid, Chi respondió atacando ferozmente Tepich el 30 de julio de 1847 con una orden de matar a todos los blancos, para abrir las puertas a los espantos que rondaría en Yucatán hasta 1901.

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