“Al padrecito zar lo mataron los inorodtsy”

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Rajak B. Kadjieff / Moscú

 

*Militares no rusos, responsabilizados del multihomicidio.

*Además de asesinos, también eran ladrones.

*El jefe, presidente de la Cheka Provincial de los Urales.

*Gustoso, rememoraba el regicido con sus amigos.

 

Según Yákov Yurovski -director y uno de los autores materiales de la masacre de Ekaterinburgo del 17 de julio de 1918-, disparó a dos metros de distancia contra el zar Nicolás II, y su participación en el regicidio permitió afirmar después a los nacionalistas que “a nuestro padrecito el zar lo mataron los ‘inorodtsy’, militares no rusos durante el zarismo”.

En realidad, los ‘inorodtsy’ eran sólo dos: él y el fusilero letón Andreas Tselms, cuyo protagonismo en los asesinatos no está documental ni definitivamente comprobada.

Yurovski, de familia judía, relojero, se propuso encontrar los diamantes y otras joyas de la familia imperial la noche de la ejecución y, en efecto, los encontró: después de registrar los cadáveres descubrieron que entre la ropa de las hijas del zar estaban cosidas algunas alhajas que pesaban más de ocho kilos.

El cabecilla entregó todos los objetos de valor al comandante del Kremlin en Moscú, aunque presumía de que sus matones bolcheviques eran gente bastante desinteresada en el plano material; pero sí dueños de una crueldad infinita.

En la hoja de servicios de Yurovski, figuran los cargos de presidente de la Cheka Provincial de los Urales, Jefe del Tesoro del Estado Soviético (Gosjran) y director del Museo Politécnico de Moscú.

Todos ellos eran puestos de alto rango y de importancia estratégica en los primeros años del gobierno soviético.

Le diagnosticaron úlcera péptica y murió en un hospital del gobierno cuando, por supuesto, ser atendido ahí era un privilegio reservado a pocos, especialmente de los más destacados funcionarios de la nomenklatura soviética.

Según testigos presenciales y familiares, su agonía fue dolorosa y eso ya no fue una cuestión de orgullo, y de acuerdo con algunas personas que se encargaron de la redacción de memorias en esa época, parte del grupo de los asesinos del zar eran amigos y se veían a menudo.

Y se cuenta que Yurovski y otros participantes en la ejecución, a veces rememoraban gustosos y riendo por la forma en que cometieron el crimen múltiple mientras tomaban tazas de té o de dedicaban a beber vodka.

Les gustaba hablar especialmente de quién había sido el primero en disparar aquella noche, y una vez Yurovski llegó a un encuentro con aire triunfal, pues había recibido un libro publicado en Occidente, en el que, con algunas imágenes en blanco y negro, se leía y veía que él era el asesino de Nicolás II, autoría que lo ponía pletórico de felicidad.

Mijaíl Alexándrovich Medvédev (1891-1964) también ocupó cargos de relevancia después de la revolución, y está documentado que durante un tiempo fue ayudante del jefe de la 1ª Sección Especial del NKVD de la Unión Soviética.

En 1930, se dedicó a dar conferencias sobre el regicidio en institutos superiores provinciales, y  finales de la década de 1950 se le asignó una pensión personal de cuatro mil 500 rublos, una cifra alta para la época.

En un encuentro con estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad Estatal de Moscú rememoró con sumo placer cómo, en 1918, él y sus compañeros bolcheviques ahorraron cartuchos y remataron con bayonetas a quienes consideraban enemigos de clase.

Medvédev alcanzó el rango de coronel; pero antes de morir dejó escritas unas memorias detalladas sobre el asesinato de la familia real rusa, en un manuscrito titulado “Torbellinos hostiles”, dirigido al entonces al máximo dirigente de la nación, Nikita Khruschev; pero que nunca se publicó.

En esas memorias cuestiona el papel dirigente de Yurovski y se atribuye el mérito principal en la aniquilación de la familia del zar, y quedó consignado que Medvédev fue enterrado con honores militares en el cementerio moscovita de Novodévichi, el más prestigioso de Rusia, y en su testamento heredó a Nikita Khrushchev la pistola Browning con que remató a Nicolás II.

Después de su muerte, su hijo convenció a otros de los asesinos para que grabaran sus testimonios sobre los acontecimientos de la noche del regicidio en un estudio de radio.

Se cree que uno de ellos fue uno de los testigos que identificó los cadáveres de los miembros de la familia Romanov; pero su hijo declaró al respecto: “Me acuerdo de que, en 1936, cuando yo todavía era pequeño, Yákov Mijáilovich Yurovski vino a vernos y escribió algo…

“Recuerdo que estaba precisando algunos datos con mi padre, y a veces, por lo que recuerdo, discutían sobre quién fue el primero en disparar contra Nicolás II… Mi padre decía que era él quien había disparado primero, pero Yurovski lo rebatía, afirmaba que había sido él…”.

Otro miembro del pelotón de ejecución, grabó sus recuerdos en un magnetófono: “Un hombre, en Porosiónkov, bajó al agua con cuerdas y sacó los cadáveres. El primero que sacaron fue el del zar Nicolás. El agua helada cubría algunos de los rostros de los cadáveres que estaban amoratados, pero el camión en que los llevábamos se atascó en un lodazal y a duras penas avanzábamos…

“Y de pronto tuvimos una idea y actuamos en consecuencia… Decidimos que no encontraríamos un lugar mejor… Excavamos en el lodazal… sumergimos los cadáveres en ácido sulfúrico… Los desfiguramos… Cerca había una vía férrea… Llevamos maderos podridos para camuflar la tumba…

“Enterramos en el lodazal sólo a algunos de los ejecutados, a los otros los quemamos, entre ellos el cadáver de Nicolás, me acuerdo… Y el del doctor Botkin también… Y creo que el del zarevich Alexis…”.

A principios de la década de 1980, a Yuri Andrópov, entonces jefe del KGB, le gustaba escuchar algunas tardes los testimonios de los regicidas y, según se dice, esas grabaciones se conservan todavía hoy en Moscú, en los archivos del Comité para la Seguridad del Estado.

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