Aletia Molina
Hay países que se miden con tratados. Nosotros preferimos los espejos. Tras un tiroteo desde territorio mexicano contra agentes estadounidenses, México y EU reforzaron a la vez la frontera: 159 marinos en Matamoros, 500 agentes en Texas. Le llaman “operación espejo”. Qué ternura. Falta saber quién se asoma y quién nada más hace el reflejo.
Porque en un espejo de verdad, el que se mira manda. Aquí, qué casualidad, uno mueve la mano y el otro la mueve justo después. Coordinación entre iguales, nos juran. Igualdad: esa palabra que se pronuncia con tanto aplomo cuando una parte trae el portaaviones y la otra, el comunicado.
Mientras tanto, el Zócalo cumplió con el libreto. Domingo de baño de masas, presidenta en tribuna y la frase estelar: no queremos injerencia, intervencionismo ni violaciones a nuestra territorialidad. Ovación. Faltaría más. Nadie en la plaza opina lo contrario, que es justo el encanto: se convoca a miles a aplaudir lo que ya pensaban, mientras lo importante, qué se pactó, quién coordina qué y quién pone el límite, se queda fuera de cuadro. Esas preguntas no caben en un Zócalo. Caben en un documento público, que, sorpresa, no llena plazas.
Y qué puntualidad la del calendario. A días de arrancar el tercer año, con Morena desenfundando a sus últimas corcholatas, la soberanía llega justo a tiempo para ser también política interna. Defender la patria y repartir candidaturas en una sola tarde: eficiencia que da gusto.
Pero ojo, que hay otra injerencia que no necesita portaaviones. Mientras se exige respeto hacia afuera, hacia adentro los periodistas, que ya conocían las balas, ahora estrenan demandas: políticos y jueces cercando la libertad de prensa con papeleo en mano, que es más elegante que el plomo, aunque la intención incomode igual. Qué curioso país: nadie puede decirnos qué hacer en casa, pero a quien pregunta qué se firmó en la frontera hay quien le manda abogados. La soberanía, ya se ve, protege al territorio, no a las preguntas.
Porque la soberanía no se pierde con despliegues ni se defiende con discursos. Se defiende con un Estado capaz de resolver su seguridad sin que nadie tenga que “espejearla” por nosotros, y con la piel lo bastante gruesa para soportar preguntas sin correr al juzgado.
Así que sí, presidenta: respeto a la soberanía. Pero del que se pueda medir, no del que se aplaude.
Desde la barrera, el toro parece más bien un reflejo. Y al que pregunta, que lo demanden.
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