La Costumbre del Poder: Mutilaciones IV/V

*Y esa desfiguración también está enfrente, en la equivocación o error de diagnóstico, o en la mala entraña de quien o quienes están ahí para luchar a brazo partido contra el dolor, pues saben que su obligación ética, la impuesta por Hipócrates, es ofrecer nuevas oportunidades a la vida, porque salvarse depende del paciente, de su amor al mundo, a lo cotidiano, a la familia que fundó o en la que fue sembrado. No es un asunto de filosofía ni de plena racionalidad, es la simple necesidad de ser -en el paciente y en su familia-, porque, si como profesional de la salud no quieres cumplir, se pierde lo que la razón y la fe ofrecen

Gregorio Ortega Molina

Tarde comprendo que, efectivamente, los ojos son el espejo del alma: sostienen y afirman que así es. El dilema es que nadie, nunca, nos ha puesto en claro qué es el alma, la razón, el aliento de vida. Sólo se sabe, o intuye, que se va cuando deja de latir el corazón, y ¿qué con aquellos en los que el cerebro deja de funcionar al cien?

     El meollo está en una frase de san Pablo: “Nadie puede llamar a Jesús Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Está bien, pero ¿qué es esa imagen de una paloma, o esa voz que afirma, sin dar concesiones ni dejar lugar a dudas, que Jesús es su hijo, y en Él se complace. Creerlo se llama fe.

     El familiar del enfermo cabalga en la indecisión, entre la esperanza (que es una de las virtudes teologales) y la fe, que lo es todo, es la totalidad de la esencia racional de un humano, sin importar credo o circunstancia. La fe lo trasciende y lo hace trascender, como constato en los rostros de los familiares de los pacientes que transitan por corredores a toda hora del día, pues los servicios del hospital tienen sobredemanda, y se queda uno con la impresión de que hay recorte de personal.

     Donde más duele la “razón” es en la espera de que se efectúe el ultrasonido, que está más allá de la corte de los milagros descrita por Víctor Hugo, pues lo que se atestigua en el paciente es el dolor, callado, la mirada baja, no hay desafío, pero en el familiar lo que se ve es la desfiguración de lo humano, o al menos es lo que mis cortas entendederas me dicen.

     Y esa desfiguración también está enfrente, en la equivocación o error de diagnóstico, o en la mala entraña de quien o quienes están ahí para luchar a brazo partido contra el dolor, pues saben que su obligación ética, la impuesta por Hipócrates, es ofrecer nuevas oportunidades a la vida, porque salvarse depende del paciente, de su amor al mundo, a lo cotidiano, a la familia que fundó o en la que fue sembrado.

     No es un asunto de filosofía ni de plena racionalidad, es la simple necesidad de ser -en el paciente y en su familia-, porque si como profesional de la salud no quieres cumplir, se pierde lo que la razón y la fe ofrecen.

     Es esta reflexión la que me lleva a recordar a Simone Weil -judía, o israelita al decir de Samuel Schmidt que en todo ve un agravio- en A la espera de Dios, donde deja constancia de lo siguiente: “El hombre jamás puede escapar a la obediencia de Dios. Una criatura no puede dejar de obedecer. La única opción que como criatura inteligente y libre se le ofrece al hombre es desear la obediencia o no desearla. Si no la desea, obedece, en cualquier caso, perpetuamente, en tanto que está sometido a la necesidad mecánica. Si la desea, sigue sometido a ella, pero aparece una necesidad nueva configurada por las leyes propias de lo sobrenatural. Ciertas acciones se le hacen imposibles, otras se realizan a través de él y a veces casi a pesar suyo”.

     Ahora sabes lo que incentiva a los médicos. Unos hacen la intervención quirúrgica porque algo los motiva a establecer un compromiso mudo con el paciente. Otros se echaron para atrás con el pretexto de la inexistencia de material para realizar el cateterismo cerebral.

@OrtegaGregorio

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