La Costumbre del Poder: Mutilaciones V/V

*¿De qué sirve comerse la vida a puños? El peso de la razón reside en la manera en que se celebró la última cena, que no es sino la pausa antes de entrar con todo a lo que se avecina: Señor no quiero beber de ese cáliz, pero hágase tu voluntad. Es la aceptación de que, sin verdadera fe, somos nada

Gregorio Ortega Molina

He visto muchos amputados, la lesión es física, modifica los hábitos de la cotidianidad de quienes la sufren, por accidente, tortura o sanación. Cuando la gangrena amenaza la vida, es urgente amputar.

     La mutilación, y sólo me refiero a la moral, es de otra índole, porque modifica la conducta ética de quien la padece, también la percepción de lo que puede esperar de los años que faltan por vivir, porque es necesario hacer hincapié que el mutilado no es el que padece una enfermedad, terminal o de larga recuperación, o de índole psicológico, o mental. El mutilado, es necesario subrayarlo, es el pariente del enfermo y, en su caso, los integrantes de la sociedad en general, incluso los cresos que se consideran a salvo con sus millones, pues desconocen cuándo y cómo se toman las decisiones que afectan la vida de seres amados y el resguardo de sus inversiones.

     Soy víctima de una mutilación, absolutamente consciente de que mi proyecto de vida deja de ser lo que en familia consideramos un acierto para llegar a la vejez. El rayo de la enfermedad cae sobre quien se convierte en paciente, y descubres que el que pierde es el sano, el que espera fuera del quirófano, el que está atento a la involución o evolución de la salud de su familiar.

     Descubre, el sano, que deja atrás toda esperanza y su futuro mediato e inmediato entra de lleno en el ámbito de la fe, no en la vida eterna, que nadie conoce y sólo Cristo ofreció, sino fe en el día a día, en la necesidad de comprender que somos terrenalmente finitos, y que nuestro destino espiritual es un obsequio de esa divinidad que confía en el libre albedrío de los seres humanos. Sabemos lo que deseamos y conocemos eso que creemos necesitar para vivir, pero nunca acertamos al camino para acceder a lo que está frente a nosotros, lo equivocamos, por querer vivir a las prisas y no dar pausa a lo que la requiere.

     ¿De qué sirve comerse la vida a puños? El peso de la razón reside en la manera en que se celebró la última cena, que no es sino la pausa antes de entrar con todo a lo que se avecina: Señor no quiero beber de ese cáliz, pero hágase tu voluntad. Es la aceptación de que, sin verdadera fe, somos nada.

@OrtegaGregorio

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