Rajak B. Kadjieff / Moscú
*Asumió la jefatura de un ejército desmoralizado y sin fe.
*Los rusos sufrían una derrota tras otra en el frente.
*La zarina Alejandra quedó a cargo de los asuntos de Estado.
*Hubo una confidente, Anna Vyrubova, seguidora del monje siberiano.
Esa especie de triángulo de hierro gobernaba desde 1915 en Rusia, en las sombras y en favor de los alemanes, como aseguraba la corte y gran parte de la nobleza, pues la devota zarina tomaba las sugerencias de Grigori Rasputin como un dictado de la Providencia.
¿Tanto influía el monje oportunista, arribista, extraviado y alucinado, alcohólico, irrespetuoso y obsceno? Una carta de la zarina a Nicolás II decía: “No es mi sabiduría, sino cierto instinto proporcionado por Dios, más allá de mí misma, para que pueda serte de ayuda”.
La corte entera se volvió contra ella y sus dos influyentes amigos: Rasputin debía morir necesariamente, por razones imperativas, porque era preciso y deseable deshacerse de él al término de la distancia y por la sobrevivencia de la monarquía.
El complot para matarlo no nació de una idea del zar, que estaba en el frente de batalla sino de quien sería el líder de la conspiración, el príncipe Félix Yusúpov, que tenía veintinueve años, era heredero de la mayor fortuna de Rusia y estaba recién casado con la gran duquesa Irina, una bellísima sobrina del zar a la que Rasputin quería conocer y enamorar.
Yusúpov reclutó al gran duque Dimitri Pávlovich, primo de Nicolás y a quien el zar quería como a un hijo. Los dos incorporaron al diputado ultra reaccionario y derechista de la Duma, Vladimir Purishkevich, que ya había alertado al parlamento ruso sobre el peligro que representaba Rasputin insertado en el palacio, por su enorme influencia sobre la zarina.
Se unieron más conspiradores, todos militares, todos anónimos, que dieron la luz verde para el asesinato: entre ellos un oficial, Iván Sujotin y Stanislav Lazovert, que no era militar, sino el médico del ejército del zar.
Eligieron el 29 de diciembre de 1916 para matar a Rasputin: Yusúpov puso como señuelo a su flamante esposa: invitó a su palacio a la futura víctima para que conociera a la gran duquesa Irina, a quien en realidad había enviado de viaje a Crimea.
Como al emperador romano Julio César, a Rasputin lo alertaron sobre su probable muerte inminente, según confió años después su hija María: fue el ministro del interior ruso, Alexander Protopopov, quien le avisó de un complot.
No le dio más detalles porque no los tenía, por lo que su consejo fue que Rasputin no socializara con nadie en los días por venir; pero el monje contestó: “Ya es muy tarde”.
Ni siquiera Rasputin creyó en la invitación de Yusúpov para que conociera a su joven esposa. Los rumores en San Petersburgo decían que la zarina y el ministro Protopopov planeaban disolver la Duma, declarar el estado de emergencia y exigir la paz con Alemania.
Rasputin debe haber pensado que de eso quería hablar Yusúpov y, si no era así, hablaría él de ese complot supuesto, o no. Lo increíble del caso es que el todopoderoso valido imperial había escrito días antes una carta a la zarina, cargada de fatalismo, en la que le decía que esperaba una muerte violenta a manos de la nobleza, vaticinio que se cumplió.
También agregaba que si eso sucedía, si él era asesinado, los zares morirían en menos de dos años, presagio que también se cumplió con extraordinaria precisión.
El zar Nicolás, la zarina Alejandra, sus hijos Olga, Tatiana, María, Anastasia y el heredero Alexei, junto al médico de la familia imperial, a un criado personal, a la camarera de la emperatriz y al cocinero de la familia, fueron asesinados a balazos el 17 de julio de 1918 en el sótano de la casa Ipátiev por los bolcheviques del soviet de Ekaterimburgo.
Las versiones sobre cómo murió Rasputin varían: Yusúpov escribió la suya en el exilio al que huyó cuando triunfó la Revolución Rusa y murió en París el 27 de septiembre de 1967, y según su testimonio, los complotados esperaron con una mesa repleta de pasteles y de vino, todo envenenado con suficiente cianuro como para matar a un regimiento.
El monje preguntó sobre su ansiada Irina y Yusúpov le dijo con aire inocente que su mujer se estaba maquillando, comió pasteles y bebió bastante, aunque se hija María diría años más tarde que su padre detestaba los dulces: decía que afectaban sus poderes especiales que solamente duraron unos minutos, antes de ser baleado y su cuerpo arrojado a los hielos del río Nevá.
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