Medio siglo persiguiendo el piolet del asesino



Luis Alberto García / Moscú, Rusia

* Fue el arma usada para matar a Lev D. Trotski.
* Ramón Mercader, hábil para manejar esa herramienta.
* Estuvo guardada durante años en una caja de zapatos.
* La exhiben en el Museo Internacional del Espionaje.
* La búsqueda incansable del historiador Keith Melton.
* La prueba irrefutable fue una huella de sangre de 1940.

El piolet de alpinista desapareció la noche del 21 de agosto de 1940, poco después del fallecimiento de Lev Davídovich Trotski, el revolucionario ruso asilado en México en 1937, a quien el barco petrolero Ruth trajo hasta el puerto de Tampico, Tamaulipas, junto con su esposa Natalia Sedova como únicos pasajeros.

El poderoso instrumento, recortado por el mango para hacerlo más corto, potente y manuable, fue hallado por un historiador especializado en temas y objetos raros, exhibido actualmente en el Museo Internacional del Espionaje en Washington.

Se trata del arma que Ramón Mercader -alias Jacques Mornard-Frank Jacson– utilizó el martes 20 de agosto de 1940 por la tarde para atacar a Lev Trotski, quien murió 24 horas después: “Fue una larga búsqueda”, dice Keith Melton: “El famoso piolet ahora se exhibe en el Museo Internacional de Espionaje de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Washington”.

El profesor Melton tardó cerca de cinco décadas en hallar el arma homicida, y todo para saber por qué Ramón Mercader, el asesino enviado por Iósif Stalin, utilizó esta herramienta deportiva de alpinismo para matar al revolucionario ruso.

Melton, que recorrió el mundo para acumular objetos ingeniosos y macabros del arte del espionaje para el museo, centró su atención en la década de 1970 en ese piolet, desaparecido poco después del asesinato de Trotski.

“Me gustan las búsquedas detectivescas y ésta realmente me puso a prueba”, admite, y es que en su empeño, una pregunta le rondaba la cabeza: “¿Por qué un piolet? Ramón Mercader, alpinista experimentado, manejaba con habilidad esa herramienta para escalar montañas”.

Aunque disparar al revolucionario de casi 60 años –los cumplía el 7 de noviembre de 1940- hubiera sido más fácil, desistió después de varios intentos fallidos llevados a cabo por los servicios secretos soviéticos, los agentes de inteligencia y policías del régimen con tentáculos e informantes en lugares y latitudes jamás intuidos.

Antes fue la Vserossiiskaya Chrevichainaia Komissiia Contrarevoliutsiei Zabozhemla (Cheka) fundada por Félix Dzhersinki; luego la Glavnoye Politicheskoe Aprave Nie (GPU) creada en 1923; seguida del Narodnyy Kommisariat Unutrennikh Del (NKVD): y al final, en funciones de 1954 a 1991, el Komittet Gosudarstennoy Besopasnosti (KGB), que sirvieron para lo mismo: espiar, controlar, torturar, desterrar y matar.

En la Ciudad de México, Trotski permanecía en su casa de Coyoacán, siempre custodiado por un grupo leal de guardias armados, Joseph Hansen, Harold Robbins y Robert Sheldon Harte, este último secuestrado y asesinado después del 24 de mayo de ese año por el comando dirigido por el pintor David Alfaro Siqueiros, secundado por sus cuñados Luis y Leopoldo Arenal y otros estalinistas que lograron huir.

Sin embargo, Ramón Mercader pudo evadir durante diez visitas al séquito de custodios del revolucionario gracias a su amante Sylvia Ageloff, asistente de Trotski nacida en Nueva York, quien lo hizo pasar por hijo de un diplomático belga, en un pretexto inventado por el NKVD.

Después de un tiempo en la capital mexicana y ganada la confianza de Sylvia Agelof, Mercader pudo entrar a la residencia fortificada de Trotski sin ser registrado, y dadas esas facilidades, matarlo de un disparo era una opción más sencilla; pero eso dificultaría cualquier escape.

Además, según Keith Melton, el militar, catedrático y simpatizante de ideas revolucionarias se habían instalado unas semanas antes un portón eléctrico y alarmas controladas por los guardias, casi todos de nacionalidad estadounidense, afines al pensamiento político de su jefe.

Eso significaba que Ramón Mercader (que también respondía a los alias de Jacques Mornard y Frank Jacson) tenía que atacar a Trotski silenciosamente, y que éste muriera en el acto para poder escapar atravesando de prisa el jardín y el patio sin levantar sospechas.

“Tenía una habilidad poco común para manejar el piolet, ya que más joven, en mis ascensos a los Pirineos, con dos golpes era capaz de romper un enorme bloque de hielo”, confesó Mercader después del crimen al coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe de la Policía capitalina.

La pregunta era cómo había conseguido un piolet como ése: Mercader se lo robó al hijo del dueño del departamento que alquilaba, y el día del crimen el agente soviético entró en la casa de Trotski con esa piqueta, una pistola y un cuchillo escondidos en su gabardina.

A pesar de todo, las cosas no salieron como las tenía planeadas, como por ejemplo, el error al dar el golpe final, insuficiente al penetrar cerca de siete centímetros en el cráneo de Trotski sin que muriera en el acto, sino que comenzó a gritar y a forcejear, mordiendo con fuerza al agresor en la mano izquierda hasta que los guardias acudieron al lugar y detuvieron a Mercader.

El revolucionario murió al día siguiente en el hospital de la Cruz Verde de las calles de Victoria y Revillagigedo, en el centro de la ciudad, y el arma que lo mató fue recogida y puesta en custodia por órdenes de Leandro Sánchez Salazar, jefe policiaco que, a propósito, la mostró por única vez en público durante una rueda de prensa posterior.

Durante su búsqueda, el investigador Keith Melton vio varios piolets como el original, incluido uno en exhibición en un museo en Praga; pero ninguno de ellos era de la marca y modelo original, fabricado en Austria por la empresa Werkgen Fulpmes.

Finalmente, en 2005, Ana Alicia Salas, hija de un ex policía mexicano, confesó haber guardado el piolet en una caja de zapatos debajo de su cama durante años, con tanta suerte que la poderosa herramienta encajaba con la buscada y Melton la compró en un precio bajo para integrarla a su colección, aunque prefiere no decir cuánto pagó por ella.

Faltaba por aportar una prueba irrefutable de que aquélla era la herramienta buscada, y la encontraron: en una fotografía de la policía de 1940 se veían restos de la impresión con sangre de una huella dactilar en el mango.

Gracias a la ayuda de un científico forense de la FBI, Melton pudo determinar que había restos de sangre reseca del homicida en el piolet: los contornos coincidían perfectamente con la huella dactilar de la foto encontrada en el mango recortado del arma asesina de Mercader – Jacques Mornard – Frank Jackson.

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