Rajak B. Kadjieff / Moscú
*El imperio que se desvaneció en silencio
*La última noche de la Unión Soviética.
*“Es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”.
*La bandera de la hoz y el martillo desapareció del Kremlin.
El 25 de diciembre de 1991 hacía un frío mortal y nevaba sobre la Plaza Roja de Moscú, y mientras Occidente celebraba la Navidad con banquetes, brindis y luces, en el Kremlin se estaba llevando a cabo el funeral político más grande del siglo XX; pero sin ataúd ni flores.
“Esta es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX,”, diría Vladímir Putin, primer presidente de la nueva Rusia, en tanto que Mijaíl Gorbachov, el hombre que intentó reformar lo irreformable, firmaba su dimisión ante las cámaras.
Fue el último presidente de la antigua Unión Soviética, y a las 19:32, ocurrió el momento simbólico definitivo: la bandera roja con la hoz y el martillo, que había ondeado sobre el Kremlin durante 74 años como símbolo del poder comunista global, fue arriada lentamente.
La paradoja es la ironía suprema de la fecha, y un estado oficialmente secular, que durante décadas había restringido la práctica religiosa y convertido las iglesias en almacenes, dejó de existir precisamente el día del nacimiento de Cristo.
No hubo disparos ni guerra civil ni asalto al palacio de invierno, no obstante que el superpoder que tenía suficientes armas nucleares para destruir el mundo diez veces simplemente se apagó por agotamiento interno y una firma en un papel.
Minutos después de bajar la bandera roja enarbolada por los bolcheviques desde 1917, se izó la tricolor rusa del zarismo creada en el siglo XIX, sin que la ciudadanía siquiera se enterara hasta el día siguiente: estaba demasiado ocupada intentando conseguir comida en un invierno de escasez.
Gorbachov, en el gobierno desde 1985, salió del edificio del Kremlin como un fantasma, en tanto el nuevo hombre fuerte, Boris Nikolaievich Yeltsin, ni siquiera le concedió la cortesía de recibir los códigos nucleares en persona y tuvo que entregárselos al Ministro de Defensa.
Esa noche, el mapa del mundo cambió para siempre, cuando quince nuevas naciones nacieron de los escombros del gigante en un evento que enseña que nada es eterno, por monolítico y aterrador que parezca.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) parecía invencible, una fuerza de la naturaleza, y sin embargo, se disolvió como la nieve de esa noche, recordando que los imperios no siempre caen con un estruendo, sino a veces con un suspiro.
Hoy, la historia de esa bandera arriada el 25 de diciembre de 1991 tiene una pregunta: ¿Qué estructuras en la vida -creencias, relaciones, trabajos- parecen invencibles y eternas; pero en realidad están vacías por dentro, esperando solo el momento de ser arriadas para dar paso a algo nuevo?
“The Last Empire: The Final Days of the Soviet Union” de Sergei Plokhy, concluye dramática y proféticamente con cuatro palabras : nada es para siempre.
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