BOGOTA, COLOMBIA.- En 2024, 50 organizaciones sociales colombianas participaron en un programa de transformación digital de Makaia. Al comparar los diagnósticos realizados al inicio y al final, la entidad registró un avance promedio del 41 % en los aspectos evaluados. Es un resultado concreto. Pero una mejora en el diagnóstico abre otra pregunta: ¿qué cambia en el trabajo diario cuando una organización incorpora tecnología?, señalo José J. Sáenz Crespo, director de Sistemas del Intercollegiate Studies Institute (ISI).
Las fundaciones, asociaciones y otras entidades sin fines de lucro dedicadas a causas sociales forman parte del llamado tercer sector. Para ellas, digitalizar una tarea puede significar menos tiempo en labores administrativas y más tiempo para atender a las personas. Que eso ocurra depende de cómo se organice el trabajo después de introducir la herramienta.
Pensemos en una organización que usa inteligencia artificial para agilizar la preparación de informes. Si el equipo aprovecha las horas liberadas para acompañar mejor a una comunidad o revisar los resultados de un programa, la tecnología habrá ampliado su capacidad de acción. Si solo cambia la velocidad de entrega de los informes, el beneficio para su misión será más limitado. La decisión importante no termina al elegir una herramienta.
Ahí entra la cultura organizacional. No me refiero a los valores escritos en un plan estratégico, sino a las creencias y prácticas que orientan las decisiones cotidianas. Importa quién tiene acceso a la información, a quién se escucha cuando surge un problema y qué considera la organización un buen resultado. Javier Bajer, especialista en cambio cultural, plantea que las conductas expresan las creencias de las personas. Pedir a un equipo que use datos tendrá poco efecto si no entiende para qué le sirven en su trabajo.
La necesidad de acompañar ese cambio aparece en experiencias recientes de la región. En un estudio publicado en 2026 sobre 18 organizaciones sociales latinoamericanas, Propel encontró que el 56 % señaló la capacitación y el desarrollo de habilidades entre las barreras para usar inteligencia artificial. La muestra es pequeña y no permite describir a todo el sector, pero sí deja ver una dificultad práctica: incorporar una herramienta exige aprender a trabajar con ella.
Conectar datos presenta un reto parecido. Reunir información sobre donantes, programas y comunidades puede ayudar a detectar necesidades o evaluar resultados. La IA puede facilitar ese análisis, pero alguien debe decidir qué preguntas hacer e interpretar las respuestas. Si los datos revelan una brecha de atención, todavía hace falta escuchar a las personas afectadas y comprender qué ocurre antes de modificar un programa.
Por eso, el cambio debe llegar a las reuniones y a las responsabilidades de cada equipo. Si una organización quiere tomar decisiones apoyadas en datos, sus líderes necesitan consultarlos al definir prioridades. Si espera que la automatización libere tiempo para atender mejor a una comunidad, debe revisar las funciones del personal y comprobar si ese tiempo llega a ese trabajo. Las personas que realizan las tareas, y las comunidades involucradas cuando se decide sobre su información, también deben participar en esas conversaciones.
La cultura se revela en lo que una organización hace después de incorporar tecnología. Se ve en cómo utiliza el tiempo que recupera, en quién participa en las decisiones y en los resultados a los que presta atención. Si esas decisiones acercan al equipo a las personas que acompaña y le permiten responder mejor a sus necesidades, la transformación digital habrá fortalecido su misión.
AM.MX/lm
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