Rajak B. Kadjieff / Moscú
*El año de 1905 fue crítico para Alejandro II y su imperio.
*En enero, sus súbditos demandaban comida y trabajo.
*En el Palacio de Invierno, la protesta terminó en masacre.
*Fue ejecutada por la Guardia Imperial y murieron mil manifestantes.
*La guerra entre rusos y japoneses terminó con la victoria de Japón.
*La zarina Alejandra Fiódorovna conoció a un “hombre de Dios”.
El primer lustro del siglo XX llegó acompañado de una serie de acontecimientos y sorpresas que empezaron a debilitar al gobierno del zar Alejandro Románov, quien, a regañadientes, aceptó conceder la promulgación de una Constitución y la creación de una Duma o Parlamento.
Jamás aceptó ser un monarca constitucional porque juzgaba que esa condición era una afrenta a su autoridad y una violación a sus derechos de ser gobernante absoluto por la Gracia de Dios. En realidad, el origen divino de la monarquía había sido anulado por la Revolución Francesa en 1789.
Los zares y su familia vivían casi aislados en el palacio de Tsárskoye Tseló, cerca de San Petersburgo, para comodidad de Alejandra, inglesa y alemana, vista casi como una agente del enemigo ruso.
Ella había nacido como Alix de Hesse-Darmstadt y cambió su nombre por el de Alejandra Fiódorovna luego de ser aceptada por la iglesia ortodoxa rusa para casarse con el zar; era nieta de la reina Victoria de Inglaterra, portadora de hemofilia que recayó sobre Alexis, heredero del trono.
Alejandra no hablaba ruso y se comunicaba con el zar en inglés, y según el historiador Robert Massie, la pareja estaba unida por un intenso lazo sexual. El 1 de noviembre de 1905, el zar anotó en su diario que había conocido “a un hombre de Dios, Grigori, de la provincia de Tobolsk”. Era Rasputin.
¿Quién era ese hombre tormentoso y atormentado? Había nacido el 21 de enero de 1869, -las fechas de esta nota pertenecen al calendario gregoriano y no al calendario juliano que se usó en Rusia hasta ya entrado el siglo XX- en Siberia Occidental, en el pueblo Pokróvskoye, de la región de Tobolsk.
Era el quinto de nueve hijos y uno de los únicos dos que sobrevivieron, junto a su hermana Feodosia. Nunca fue a la escuela. Según el censo de 1897, todo el pueblo de Pokróvskoye era analfabeto.
Fue un niño diferente, raro, sacudido por frecuentes crisis nerviosas que, cuando tenía catorce años dijo: “El reino de Dios está en nosotros y se escondió en el bosque por miedo a que la gente descubriera que era dueño de una revelación celestial”, según relató su hija María.
Delgado, disperso, débil en apariencia, de ojos claros y de una conducta oscura y sinuosa, empezó a beber joven, integró una banda de ladrones de caballos, se libró de ser enviado a Siberia Oriental como sus cómplices y se casó con Praskovia Fiodorovna Dubróvina, tres años mayor que él.
Tuvieron tres hijos; pero cinco años después, en 1892, Rasputin dejó todo, aldea, esposa e hijos y se encerró en un monasterio durante varios meses. Salió para integrar una secta cristiana condenada por la Iglesia Ortodoxa Rusa conocida como “flagelantes – Jlystý”.
Sus integrantes creían que la verdadera fe se alcanzaba a través del dolor. Sus reuniones secretas incluían castigos corporales; pero también grandes fiestas que marcaron de por vida a Rasputin, a tal grado que su desenfreno sexual llegaría a la corte de los Romanov.
En la secta se dijo sacerdote, brindaba oficios religiosos cargados de fervor y misticismo; interpretaba por su cuenta el Evangelio y se proclamó hombre santo porque los “Jlystý” creían que Cristo podía reencarnarse en cualquier hombre, letrado o analfabeto, como Rasputin.
Fueron sus escándalos sexuales los que hicieron que la comunidad dudara de su condición de santidad y hasta de su dimensión de monje, así que Rasputin huyó a Kazán, otro importante centro religioso.
Su llegada fue lo más parecido a un terremoto: su fe ardiente sacudió los cimientos de una iglesia sometida al zar y casi inactiva. Los jerarcas valoraron mucho su entusiasmo; pero se lo quitaron de encima en previsión de dramas mayores.
Lo recomendaron a la jerarquía de San Petersburgo en donde Rasputin llegó en tren en la Pascua de 1903. Al año siguiente, en palacio, nació el quinto hijo de los zares un varón, el primero, Alexei, que se sumó a las princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, también protagonistas de la tragedia del zarismo en julio de 1918.
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