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martes, febrero 3, 2026

Rasputin, un extraño en la corte imperial (III)

Rajak B. Kadjieff / Moscú

*El nacimiento del zarevich Alexei fue un gran suceso.
*El imperio tenía por fin un heredero; pero la alegría no duró.
*Tenía hemofilia, el mal del recién llegado príncipe Románov.
*Ese padecimiento permaneció en secreto por razones de Estado.
*”Querido Nicky”, “Querido Willy”, correspondencia entre primos.

La conducta del monje Gregori Rasputin, ya en la corte, no cambió: mezclaba su fe ardiente con borracheras siempre escandalosas y con desbordes sexuales descarriados y abusivos que lo alejaron de sus aliados iniciales, entre ellos el obispo Hermógenes Dolganyov, jerarca de la iglesia ortodoxa rusa, y el sacerdote Feofán.
Ambos habían facilitado su entrada en la corte, con un monje llamado Iliodor: los tres pasaron en corto tiempo a ser sus principales enemigos. Y parte de la nobleza rusa, la que no lo admiraba, empezó a ver al monje como a un tipo peligroso, capaz de influir en los zares.
Los zares estaban encantados con Rasputin, sobre todo Alejandra. De un día para el otro, las princesas que le habían presentado a la zarina a aquel monje extraño, fueron apartadas de la corte, culpándolo y a quien empezaron a llamar “demonio”.
Sin embargo, la influencia, la fuerte llegada de Rasputin a los zares tenía sustento en un hecho extraordinario: Rasputin aliviaba extraña y misteriosamente los dolores del zarevich heredero Alexei.
En 1907 el niño de tres años sufrió una grave hemorragia que puso en peligro su vida. Rasputín llegó de urgencia al palacio, impuso sus manos sobre la cabeza del heredero y rezó: la hemorragia cesó y el milagro fue atribuido a los poderes del monje.
Nunca se reveló, nunca estuvo claro tampoco, cómo era que Rasputin sanaba al zarevich; pero el niño tenía ahora un amigo nuevo, un poco estrambótico, que además era su médico personal.
La zarina también tuvo un amigo nuevo en quien confiar en aquella corte que no confiaba en ella. Y Rasputin empezó a aconsejar a la zarina sobre cómo administrar mejor aquel imperio vasto y en crisis.
El monje, mientras tanto, y al margen de los rezos y las curas milagrosas, seguía con una conducta sexual atropellada y envilecida cuyas aventuras con las mujeres de la aristocracia rusa eran tan conocidas como sus borracheras homéricas y épicas ya imposibles de ocultar.
La zarina se enfrentó entonces con su suegra, la madre del zar, que había acusado a Rasputín de haber digitado el nombramiento de una nueva jerarquía religiosa de la que habían quedado apartados sus enemigos Feofán, Hermógenes e Iliodor.
La venganza de uno de aquellos religiosos agravó el enfrentamiento: Iliodor dio a conocer unas cartas de la zarina a Rasputin en las que se leían frases como: “Sólo deseo una cosa: dormir durante siglos sobre tu hombro mientras me abrazas”.
De inmediato crecieron los rumores sobre relaciones sexuales de Rasputin con la zarina: era todo una falacia, pero la corona, sacudida por otras crisis, sumó una más a su carga pesada. Los partidarios de la monarquía empezaron a ver a Rasputin como a un enemigo del imperio.
En 1912, Alexei, de ocho años, sufrió otro gravísimo ataque hemofílico de extrema gravedad, mucho más que los habituales a los que Rasputin había puesto rápido fin.
Esta vez el peligro que corría el zarevich era tal, que el palacio redactó un boletín en el que anunciaba, “con inmenso dolor”, la muerte del heredero al trono. Rasputin había viajado a Siberia y cuando supo del peligro que corría el muchacho, envió más de un telegrama a San Petersburgo en los que aseguraba que el zarevich salvaría su vida.
Y Alexei sanó. Luego, los zares calificaron de calumnia la supuesta conducta libidinosa del monje, que era conocida en la corte, entre la nobleza, en el pueblo, en otras palabras, en buena parte de la inmensidad territorial del imperio.
La Primera Guerra Mundial lo agravó todo y mucho. Por un lado, Rasputin arañó la cima del poder y, por otro, el imperio inició su veloz caída. Rusia estaba en guerra con Alemania y tenía a una zarina alemana: eso era casi insoportable.
Poco importaba que Guillermo II y Nicolás II fuesen primos y que, antes de la guerra, el emperador alemán en su correspondencia entre parientes empezara sus cartas con un “Querido Nicky” y el zar le contestara con un “Querido Willy”.
La zarina era la gran sospechosa de jugar sus cartas en favor del mando alemán, debido a su origen y parentesco con el kaiser y la dinastía de los Hohenzollern, la casa reinante hasta el 11 de noviembre de 1918, día de la victoria aliada en la Gran Guerra y sus millones de muertos de 1914.

 

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