CIUDAD DE MÉXICO.- La inteligencia artificial acaba de abrir un nuevo frente para la industria editorial. Ya no se discute únicamente si una obra fue escrita con ayuda de IA, sino qué ocurre cuando nadie puede demostrar ni lo uno ni lo contrario. El caso comenzó con Call Me, I’ll Hide the Body, la novela del escritor nigeriano Jerry Adedayo Falade, en la que investiga las representaciones de la masculinidad negra en la literatura afroamericana y de la diáspora africana.
El manuscrito llegó sin solicitar al agente Marc Gerald, de la boutique Europa Content, que lo firmó y lo puso en circulación pocos días después. Catorce editoriales pujaron por los derechos estadounidenses; los ganó el sello Minotaur, de Macmillan, con un contrato por dos libros valuado en más de dos millones de dólares. En el Reino Unido, Sandy Hodgman, de Hodgman Literary, consiguió varias ofertas de seis cifras y los derechos quedaron en HarperCollins. Había además interés por la adaptación audiovisual. El 29 de julio, los agentes retiraron el libro.
Conviene detenerse en cómo se llegó a esa decisión, porque no es lo que suele suponerse. Durante la subasta, un editor había señalado pasajes cuyo tono y cadencia le generaban dudas. La agencia entrevistó entonces a Falade durante cerca de una hora, le preguntó por su proceso de escritura y le advirtió sobre las consecuencias de no declarar un eventual uso de IA. Quedó conforme y siguió adelante. Europa optó deliberadamente por no correr el manuscrito por ningún software de detección, porque consideró que el autor había sido “claro y creíble”.
Lo que cambió las cosas ocurrió después: cerrados los contratos, un periodista de una publicación del sector alertó a Gerald sobre ciertos rumores que circulaban, hubo una segunda conversación con el autor y, según el agente, las respuestas no coincidieron con las explicaciones previas. Tras una reunión el 29 de julio en la que “aspectos de su relato cambiaron”, la agencia cortó la relación con el autor. Al principio respaldamos el libro y a Jerry”, dijo Gerald. “Al final solo pudimos respaldar el libro”.
El correo con el que se comunicó la retirada evitó cualquier acusación: “Ya no estamos en condiciones de autenticar cómo evolucionó el manuscrito desde su origen hasta su terminación”. Nunca apareció una prueba concluyente en ninguna dirección. Los mismos agentes que lo retiraron siguen sosteniendo la calidad de la obra. Gerald la describió como “genial, más allá de cómo haya sido redactada”.
Falade niega categóricamente haber usado IA. Como evidencia compartió mensajes de 2021, anteriores a la aparición pública de ChatGPT, entre ellos el de un profesor de su maestría en Alemania elogiando la calidad de su escritura, y publicó parte de ese material en sus redes. Aportó, además, dos argumentos que merecen atención.
El primero se refiere a los tiempos. Sostiene que solo transcurrieron seis horas entre el inicio de los rumores y el momento en que su agencia lo soltó, mientras los contratos se pausaban y empezaban a circular comunicados. El segundo se refiere a los filtros del propio sector.
El manuscrito “pasó por primeros lectores, segundos lectores, editores y equipos de adquisiciones en numerosas editoriales”, y le resulta difícil creer que todos esos profesionales no hubieran advertido señales genuinas de generación automática.
El autor, además, planteó una objeción poco explorada hasta ahora: si publicaciones del sector corrieron su manuscrito por Pangram sin autorización, entiende que eso constituye una violación de su copyright, porque nunca autorizó a nadie a introducir su texto en un modelo de lenguaje (Publishers Weekly, 4 minutos).
A eso suma una acusación de sesgo racial que es más específica de lo que se difundió. Afirma que tres autores negros recibieron grandes contratos este año y que, tras las sospechas de uso de IA, a los tres se les cancelaron o interrumpieron esos acuerdos, mientras que escritores blancos que reconocieron públicamente haber empleado estas herramientas continúan sin inconvenientes.
Como observa Jane Friedman en su newsletter The Bottom Line, el episodio marca un cambio profundo en la forma en que la industria entiende la autoría. Durante décadas, la publicación de un manuscrito partía de una presunción básica.
Salvo prueba en contrario, se asumía que el autor era quien decía ser. La irrupción de la IA altera ese punto de partida, y la pregunta deja de ser si un texto fue escrito con estas herramientas para pasar a ser cómo puede un escritor demostrar que no las utilizó.
Ese desplazamiento ya tiene traducción institucional. La American Association of Literary Agents fijó posición. Regina Brooks, su presidenta, declaró que la responsabilidad de transparencia recae en el autor y que, sin esa información, “un agente no puede evaluar adecuadamente cuestiones de originalidad, exactitud, copyright, obligaciones contractuales o cumplimiento de las políticas de una editorial”.
Y agregó que, cuando se omite información sustancial, “el riesgo no queda en el autor: se extiende al agente que presenta la obra y pone en juego su criterio y su reputación, y también a los editores y editoriales que consideran su adquisición”.
La solución que se insinúa —que los autores conserven borradores, versiones intermedias y registros del proceso— es menos sólida de lo que parece. El propio Hugh Howey (uno de los autores autopublicados de mayor recorrido) la plantea y de inmediato la descarta: cualquier historial de escritura que pueda producir una persona podrá también ser fabricado por una máquina, incluidas las marcas temporales, las ediciones sucesivas a lo largo de meses e incluso el registro en cámara.
De ahí que especule con escenarios extremos, como la escritura transmitida en vivo. Howey aporta además el costado íntimo del asunto. Cuenta que ahora, al releerse, sospecha de su propia prosa —sus rayas de diálogo, sus frases largas— y tiene que recordarse que “no sueno como una IA: la IA suena como yo”.
Más que la historia de una novela policial, el episodio anticipa uno de los grandes desafíos de los próximos años, y llega en un momento en que las editoriales iberoamericanas están definiendo sus propias políticas. No hay todavía un estándar aceptado para acreditar cómo se escribió un libro; las herramientas de detección arrastran una tasa documentada de falsos positivos y la carga de la prueba está recayendo, de hecho, sobre los autores.
La discusión pendiente no es solo qué cláusula de declaración de uso de IA incorporar a los contratos, sino qué pruebas se considerarán suficientes, quién quedará habilitado para exigirlas y qué se hará cuando no existan. En este caso, no hubo tiempo de plantearse esas preguntas en apenas seis horas.
AM.MX/lm
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