El “No gol” de Hugo que México nunca le perdonó (I)

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Luis Alberto García / Cdmx

 

*En la patria mexicana las reglas son diferentes.

*Ahí estábamos Ponce, Galarza y Palacio Batani.

*En esos momentos el “Penta” era el centro de la nación.

*”Los porteros tenían pesadillas con su número 9”.

 

Éramos más de cien mil almas que conteníamos el aliento en el estadio Azteca, monstruo de concreto y pasión convertido por unos instantes en una catedral del silencio, tan denso que Hugo Sánchez podía escuchar los latidos de su propio corazón retumbando en sus oídos.

El balón esperaba en el punto de penal, inmóvil, paciente, como si supiera que los próximos segundos cambiarían una vida para siempre, y Hugo caminó hacia ese punto, como si en cada paso pesaba como si llevara piedras en los pies.

No eran solo once jugadores los que lo separaban de la gloria, sino algo más, algo que ningún futbolista debería cargar solo, y es que en ese momento Hugo Sánchez Márquez no era solamente un jugador, sino que era México.

Ahí, en el palco de prensa del hoy llamado Estadio Ciudad de México, muy seriecitos nos mostrábamos Francisco Ponce, Gerardo Galarza, Marcos Romero Martínez, Arturo Contreras, Luis Palacio Batani, José Alberto Espinosa Ruiz y otros colegas que, como el país entero habíamos depositado nuestros sueños en los pies de alguien que estaba considerado entre los mejores delanteros del mundo.

Sin embargo, en nuestra patria mexicana las reglas eran diferentes: no bastaba con ser bueno, tenías que ser perfecto y si falló esto,  el pensamiento apareció sin permiso; pero Hugo lo aplastó antes de que pudiera completarse.

No podía permitirse pensar así, no en ese momento no al tener más de cien mil pares de ojos clavados en el número 9 que portaba en su espalda; pero antes de entender lo que sucedió en ese punto de penal, hay que entender cómo Hugo Sánchez llegó hasta ahí, que era entonces el centro de la nación.

Nos preguntábamos cómo un niño de las calles de la colonia Jardín Balbuena, al oriente de la Ciudad de México se convirtió en el peso de toda una nación. ¿Y por qué ese peso terminaría aplastándolo?

Retrocedamos cinco años, cuando Hugo Sánchez empezaba a conquistar Europa: primero en el Atlético de Madrid y después en el Real Madrid, capital en donde su nombre se pronunciaba reverente y devotamente.

Cinco veces “Pichichi”, el máximo goleador de la Liga española durante cinco años consecutivos, a lo que se añadían 38 goles en una temporada regular como los marcados por el vasco Telmo Zarra muchísimos años atrás.

Una marca que parecía imposible hasta que él la hizo realidad en el Estadio Santiago Bernabéu ante ochenta mil madrileños que cantaban su nombre cada fin de semana en que, por supuesto, defensores más duros del continente le temían.

“Los porteros tenían pesadillas con su número 9”, consignaba la prensa española que ya lo llamaba el “Pentapichichi”, un título que ningún otro extranjero había alcanzado jamás; pero en México la cosa era diferente.

En México, Hugo Sánchez no era solo un futbolista exitoso, sino el símbolo de una nación herida de muerte, necesitada de creer en algo, que había sufrido menos de un año antes -el 19 de septiembre de 1985, a las 7.19 de la mañana- el terremoto más devastador de su historia.

Miles de muertos, ciudades destruidas, familias rotas, y ahora, en junio de 1986, México tenía la oportunidad de mostrarle al mundo que seguía de pie, que podía levantarse de las cenizas, que podía soñar.

Todo ese peso cayó sobre los hombros de Hugo Sánchez, el ex artillero del equipo de la Universidad Autónoma Nacional de México: “Tú eres nuestra esperanza”, le dijo un periodista días antes del torneo.

“Todo México confía en ti”, y Hugo sonrió para las cámaras; pero por dentro algo se retorció porque Hugo Sánchez sabía una verdad que nadie quería escuchar: “En el Real Madrid tenía permiso para fallar. Un penal errado, un partido sin goles, una mala racha. Todo se perdonaba con el siguiente hat trick”.

La afición era exigente, sí, pero también era paciente, aunque en México no existía ese lujo, y en el club le aplaudieran,  pensaba Hugo en las noches previas al Campeonato Mundial de México 1986.

“En la selección te crucifican”, le dijo el arquero Pablo Larios Iwasaki, advirtiéndole que no era paranoia, sino historia: Hugo había visto como la prensa mexicana destruía carreras con una sola línea, cómo los héroes se convertían en villanos en cuestión de minutos.

Y cómo el amor del pueblo podía transformarse en odio con la misma velocidad con la que un balón cruza la línea de gol o la misma velocidad con la que un balón golpea el poste.

El director técnico serbio-mexicano, Bora Milutinovic, lo había convocado con una misión clara: “Hugo, tú eres el goleador, tú eres el que marcará la diferencia. El equipo va a depender de ti en los momentos importantes”.

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