Aletia Molina
Dicen que a una sociedad se le mide por cómo trata a quienes no pueden defenderse. En México ya sabemos cómo nos va con eso: los enfermos esperan, los maestros esperan, los médicos esperan y ahora los animales también esperan, encerrados, a que alguien se acuerde de que existen. Mientras tanto, el gobierno inaugura exposiciones, cambia nombres y presume prioridades. El zoológico de Chapultepec no es una excepción: es el espejo. Y si ese es el trato para quienes ni siquiera pueden quejarse, imaginen lo que le espera a quienes sí.
Si el gobierno no puede cuidar a los humanos, ¿alguien esperaba que cuidara a los animales? Los hospitales sin medicinas, los médicos con sueldos de risa y los pacientes con cita para dentro de seis meses ya nos habían avisado: aquí lo público se atiende como se puede, o no se atiende. El zoológico de Chapultepec solo lo confirma.
Ahora resulta que PETA denunció instalaciones precarias y animales en condiciones preocupantes. Monos y lobos con conductas repetitivas, agua insalubre en algunos hábitats, especies amontonadas en espacios reducidos. Hablan de zoocosis, es decir, estrés por cautiverio. Pero no hace falta estudiar etología para entenderlo: cualquiera que haya esperado seis horas en urgencias de un hospital público sabe lo que es dar vueltas en un espacio chico sin que nadie venga.
La respuesta oficial es la de siempre. La Sedema asegura que el bienestar de los animales es una prioridad y que cada ejemplar tiene seguimiento de biólogos y veterinarios. Qué tranquilidad. Es la misma prioridad que tienen los medicamentos oncológicos y los salarios de las enfermeras: tan prioritaria que nunca alcanza para ella.
Y las cifras no ayudan al discurso. Según datos difundidos por Proceso, entre octubre de 2024 y diciembre de 2025 murieron 279 animales en Chapultepec, cerca del 73% de las muertes en zoológicos capitalinos. Un zoológico, tres sedes y un solo lugar con el récord de bajas. Si eso fuera un hospital, ya tendría una mañanera de “no hay desabasto, hay desinformación”.
Tampoco es un problema nuevo, que es lo más elegante. En 2017 la Profepa ya había multado al zoológico por irregularidades en registros veterinarios, alimentación, higiene y manejo de medicamentos. Alimentación, higiene y medicinas: el triple combo del abandono institucional, ahora con pelaje.
Y la comida ha sido otro tema recurrente. En septiembre de 2023 ya se había señalado un recorte en la compra de ciertos alimentos en los zoológicos de Chapultepec, San Juan de Aragón y Los Coyotes. Cuando se quiere ahorrar, el presupuesto se recorta por lo más fácil: lo que no protesta. Primero fue el pan de los animales, como antes fueron las vacunas, los insumos y las plazas de los hospitales. Es una política de austeridad muy coherente: se aprieta siempre donde nadie puede quejarse.
Eso sí, el zoológico tiene un “Centro de Conservación de Vida Silvestre” con nombre nuevo y talleres con botargas. Cambiar el nombre es la política pública favorita del sistema: no arreglamos la jaula, pero la rebautizamos.
Al final, la pregunta es la de siempre: ¿qué esperaban? Un gobierno que no tiene cubierto ni un frente, ni salud, ni insumos, ni salarios, ni atención, no iba a descubrir su vocación de cuidador de fauna silvestre. Los animalitos no votan, no marchan. En la lógica de este régimen, eso los pone al final de la fila.
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