Aletia Molina
Hay algo curioso en Digger: tiene a Iñárritu detrás de la cámara y a Tom Cruise delante, dos nombres capaces de vender una película antes de que exista. El problema es que pesan más que la propia película.
Iñárritu vuelve a mirar al abismo, pero parece demasiado enamorado de su reflejo. Hay momentos brillantes, imágenes poderosas y una producción gigantesca, aunque también una sensación constante de: “miren qué importante es todo esto”.
Y Tom Cruise… bueno, sigue siendo Tom Cruise. Corre, mira, sufre y desafía al mundo. Después de tantas décadas como estrella, cuesta saber dónde termina el personaje y empieza el mito.
Digger quiere ser profunda, devastadora y trascendente. A ratos lo consigue; a ratos simplemente se pone solemne y espera que confundamos solemnidad con profundidad.
Iñárritu tiene talento de sobra. Cruise, carisma de sobra. Quizá por eso decepciona: con semejante arsenal, uno esperaba más que una película empeñada en demostrar lo importante que es.
Si le quitamos el nombre de Iñárritu y el rostro de Tom Cruise, ¿seguiríamos hablando de Digger como una gran película? Yo creo que no. Quizá ese sea el verdadero problema: no estamos ante una película tan extraordinaria como sus apellidos.
¿Estamos viendo una gran película… o simplemente estamos demasiado acostumbrados a llamar “genio” a quien ya decidimos que lo es?
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