JUAN VILLORO
CIUDAD DE MÉXICO.- En 2001, Carlos Monsiváis y yo fuimos a Dartmouth College para participar en un encuentro sobre ciudades. Nuestro principal objetivo era ver el mural que ahí realizó José Clemente Orozco. Al llegar, supimos que otra figura icónica de las artes mexicanas daría una conferencia. Se trataba de Carlos Fuentes, que había emulado al muralismo desde la literatura. Su vasta producción merecía el lema abarcador de “Superficie y velocidad” que José Vasconcelos acuñó para cubrir los muros de la ciudad en tiempo récord.
Fuentes impartió su charla en un inglés impecable, atractivamente salpicado de mexicanismos. Una vez más, comprobé su incontrovertible carisma intelectual. A propósito de Naphta, personaje de La montaña mágica, Thomas Mann dice: “Mientras hablaba, tenía razón”. Fuentes causaba la misma, desconcertante impresión. Al repasar sus ideas, se podía estar o no estar de acuerdo con ellas, pero en el momento de ser dichas resultaban incontrovertibles.
El tema de la conferencia, tomado de Alfonso Reyes, era “México en una nuez”. Después de ejercer su magnetismo, el autor de Cantar de ciegos mostró otra de sus virtudes, que en este caso fue inquietante. Me refiero a su generosidad. Al vernos en el público, pidió que Monsiváis y yo tomáramos la palabra. Dueño de una atención múltiple, Monsi había aprovechado el rato para escribir un artículo mientras registraba lo dicho por Fuentes. Ante el desafío de hablar, improvisó un comentario con la brillantez de quien lo ha preparado con esmero. Cuando llegó mi turno quise que la tierra se abriera; ante la elocuencia de Fuentes, sólo tenía un recurso: el silencio.
Hace un cuarto de siglo, Monsiváis me dio un solidario piquete en las costillas para que saliera del pasmo y me animara a decir algo. Recupero ese impulso a través del tiempo y hablo ante ustedes con la vacilación de entonces.
Mis motivos de gratitud son infinitos y no puedo enumerarlos todos. Antes que nada, agradezco a Silvia Lemus su devoción para preservar la memoria de Carlos Fuentes y hacer posible un premio que ha distinguido a autores con los que no puedo compararme. También estoy en deuda con el Seminario de Cultura Mexicana, institución a la que no pertenezco y que generosamente me propuso para este reconocimiento. Obviamente, el milagro de estar aquí no se hubiera concretado sin la voluntad del jurado que conspiró en mi favor en un momento en que sobran escritoras y escritores de relieve.
Desde que me inicié en el oficio, tuve el privilegio de saberme rodeado de colegas admirables. Pertenezco a una generación que me curó para siempre de la posibilidad de sentirme superior. En un sentido amplio, el arco de mis contemporáneos comienza con Daniel Sada, nacido en 1953, y desemboca en David Toscana, ocho años menor. En medio se encuentran otros autores de excepción como Fabio Morábito, Francisco Hinojosa, Luis Miguel Aguilar, Carmen Boullosa o Enrique Serna. Cualquiera de ellos podría estar en mi lugar.
A todos nos une el afluente lejano que da nombre a este premio. Nací en 1956, dos años antes de la publicación de La región más transparente, que convirtió a mi ciudad en la gran protagonista de la novela. Cuando escribí El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México sostuve un continuo diálogo con Carlos Fuentes, quien retrató los diferentes estratos urbanos en un momento en que la capital aún podía ser tratada de manera unitaria. Hoy estamos ante una desmesurada asamblea de ciudades que requiere de múltiples testigos. La metrópoli que Ixca Cienfuegos contempla desde el puente de Nonoalco en la última escena de La región más transparente es un abigarrado espacio en perpetua mutación, digno de la película Blade Runner. El cielo de Fuentes era amenazado por el polvo; el nuestro se atraviesa en cablebús.
Pasemos a un tema que apasionó al autor de Los días enmascarados: la relación entre los acontecimientos históricos y la ficción. Los procesos revolucionarios buscan alterar el flujo del tiempo. En la época en que los edificios públicos ostentaban un reloj en su fachada, los rebeldes triunfantes disparaban contra las manecillas para fijar ese momento.
El dios tutelar de Fuentes fue Cronos, que gobierna los siglos y las eras. Su obra de conjunto lleva el título de La edad del tiempo; su antología personal, Los cinco soles de México, se ordena al modo de una cosmología; Terra nostra se estructura como un Aleph donde el pasado, el futuro y el presente tienen idéntica vigencia; Tiempo mexicano reúne sus crónicas de temas políticos y Los años con Laura Díaz se despliega como una saga cronológica
Enamorado del riesgo, Fuentes reinventó su estética con diversos resultados. Novelas experimentales como Zona sagrada o Cambio de piel tienen lectores muy distintos a los de obras que dependen de la trama, como Gringo viejo o La cabeza de la hidra. Escapar a su influencia es imposible, del mismo modo en que resulta inútil imitarlo. Su voz invita a que respondan otras voces.
Entre los muchos estímulos de su ejecutoria, destaco un elemento esencial. Influido por su amigo de hierro Fernando Benítez, autor de Los indios de México, se interesó, no sólo en el poderoso legado de las comunidades indígenas, sino en su presente.
Tuve la suerte de tratar a Fuentes en numerosas circunstancias. Fue amigo de mi padre, con quien fundó El Espectador, revista de oposición en tiempos de Adolfo López Mateos. Muchos años más tarde, cuando dirigí La Jornada Semanal, encontré en él a un colaborador inmejorable. Mandaba textos suyos y de amigos entre los que se contaban Susan Sontag, Salman Rushdie, Juan Goytisolo y José Saramago. En una ocasión le hablé a Nueva York porque lo habían operado del corazón. Me sorprendió que contestara con su entusiasmo de siempre; se lo dije y exclamó: “¡Las operaciones son para sentirse bien!”. Incluso como convaleciente derrochaba vitalidad.
Su pasión por escribir y colaborar con los demás no conocía el descanso. En 1998 se cumplieron 40 años de La región más transparente y le pedí un texto sobre Ciudad de México para La Jornada Semanal. “¿Qué crees?”, respondió: “Julio Scherer me acaba de pedir exactamente lo mismo para Proceso”. El gran maestro del periodismo se me había adelantado. Me consolé pensando que al menos había tenido la misma idea que Scherer. Me di por vencido, pero Fuentes protestó: “¡Qué te pasa!”, exclamó: “¡En vez de un texto escribo dos!”.
Me detengo en una crónica de título sugerente: “De Quetzalcóatl a Pepsicóatl”. Ahí, Fuentes se ocupa de los chamanes de San Juan Chamula que rinden tributo a sus deidades bebiendo aguardiente en una botella de Pepsi-Cola. En esa región abandonada por el progreso y sus promesas, los envases del refresco representan un talismán de poder. Cuando Fuentes entró a la iglesia donde se rendía un culto sincrético, se sorprendió de que los antiguos dueños de esas tierras se sirvieran de una botella de Pepsi para rendir pleitesía a sus dioses. El rito vernáculo no era ajeno al capitalismo transnacional. De estas crueles paradojas está hecho el tiempo mexicano.
El 31 de diciembre de 1993 me encontraba en casa de Silvia y Carlos para celebrar el Año Nuevo. Como siempre, hablamos de los desastres de la patria, el gobierno autoritario del PRI, la injusticia rampante, la terrible condición de los olvidados. A la mañana siguiente oímos las primeras frases del subcomandante Marcos. El país que se había acostado con un sueño de “primer mundo”, pensando que el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá convertiría la vida cotidiana en un provechoso duty free, enfrentaba su historia verdadera, marcada por la desigualdad. “Ayúdenos a no ser posibles… ayúdenos a desaparecer… a no ser posibles”, dijeron los zapatistas, que parecían surgidos de las sombras que nadie advierte, o quizá de las páginas de Fuentes, que en su novela futurista Cristóbal nonato habla de guerrillas y encapuchados.
Ese capítulo de la Historia no ha concluido. En Chiapas, uno de cada tres campesinos carece de papeles de identidad. El reloj que mide nuestra época tiene la carátula astillada. La desigualdad social, la violencia, la discriminación racial y de género y el crimen organizado dan las horas de un país injusto.
En un momento en que la ultraderecha se hace cargo de la mayoría de los países de América Latina, es de agradecer que representemos una zona de excepción. Sin embargo, aún nos “falta lo que falta”, como dicen los zapatistas. No sería fiel al espíritu de Fuentes si no insistiera en ello.
Con excesiva frecuencia se considera que toda crítica se ejerce en contra. No es así: la crítica justa favorece. La discutidora especie humana sólo prospera en discrepancia. Todo gobierno que se precie de ser progresista debe ofrecer las mejores condiciones para ser criticado. ¿Qué decir al respecto en el Palacio de Bellas Artes? Las carencias que no se atienden incuban dramas que pueden ser insalvables. Necesitamos más presupuestos para la ciencia, la cultura, la educación y la salud, pilares esenciales de una política de izquierda. Toda realidad impone limitaciones, pero no podemos renunciar a la idea de transformarla.
Durante más de 30 años los zapatistas han insistido en estos temas y a fin de año volverán a la Ciudad de México. Los más pobres del país tienen el proyecto más incluyente: “Nunca más un México sin nosotros”, han dicho. En condiciones de extrema precariedad ejercen la democracia directa, mantienen prácticas sustentables del manejo del suelo (a tal grado que ciertas especies vegetales, desaparecidas en el resto de Chiapas, sólo se encuentran en su territorio) y han hecho del arte y la cultura decisivos recursos políticos.
Muy cerca de la zona zapatista, en el San Juan Chamula del que escribió Fuentes, predominan el narcotráfico, el fraude electoral, los grupos paramilitares de los finqueros, el alcoholismo y otras lacras del tiempo mexicano. El universo indígena, que muchas veces consideramos ajeno o perteneciente a una edad arcaica, tiene notables energías de transformación. Por ello, los pobladores de la Amazonia dicen: “El futuro es ancestral”.
A Fuentes le gustaba recordar la leyenda de Quetzalcóatl. El dios ilustrado de los aztecas fue vencido por Tezcatlipoca, Señor de la Noche y la Fatalidad. La Serpiente Emplumada era sensible en extremo, pero ignoraba su propio rostro. Para vencer a su rival, Tezcatlipoca hizo que se asomara a su humeante espejo de obsidiana. Al verse reflejado, el dios sabio se horrorizó: ignoraba que su cara fuera monstruosa. Arrojó el espejo y huyó para siempre. De acuerdo con Fuentes, sólo cuando desenterremos ese espejo y aceptemos nuestro verdadero rostro seremos dignos de nuestro destino, contradictorio y plural.
Siguiendo la estela de Fuentes en su libro El espejo enterrado, conduje los trece programas de Piedras que hablan, producidos por el INAH y Canal 22. Recorrimos 28 sitios arqueológicos en busca del pasado y la vigencia de las culturas originarias. El 15 de mayo de 2012 me encontraba al borde de un cenote de Yucatán, atado a una soga para descender a la barca donde entrevistaría al arqueólogo subacuático Guillermo de Anda. Un momento antes de descolgarme, Jordi Arenas, productor de la serie, me dijo: “Acaba de morir Carlos Fuentes”; luego soltó la cuerda.
El intérprete del México profundo había fallecido. En forma literal, yo ingresaba a las entrañas del país al que él dedicó su vida. Suspendido en el aire, creí recordar algo que había dicho sobre su maestro Manuel Pedroso: “Es mucho lo que le debo, es más lo que me queda por pagarle”.
La tierra sabe impartir lecciones. En esa gruta del origen supe que me encontraba en un mundo sin la presencia física de Carlos Fuentes, pero marcado por su aura.
El buzo Guillermo de Anda me recibió en su barca y habló de los entierros al fondo del cenote. En la oscuridad, el agua tenía un fulgor de obsidiana.
El maestro había partido, pero ahí estaba su espejo.
AM.MX/lm
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