ISEGORÍA: ¿Cuánto pesa el país?

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Sergio Gómez Montero*
como cáscara rota,
como cuerpo sin alma,
como ropa
sin cuerpo que se cae…
D. M. Loynaz: “Vuelvo a nacer en ti”

Las herencias, sin duda, siguen siendo una de las cargas que el país arrastra desde tiempo atrás y que ha venido retrasando el que los cambios que se promueven se dejen sentir con la fuerza y los efectos benéficos que, sin duda, desde tiempo atrás debieran estar vigentes y sus benrficios ser sensibles. Pero, pregúntese usted, ¿más de 70 años de PRIAN y 35 o 36 de neoliberalismo, cuánto nos costará disolver sus efectos malignos para el país?
Muchas, en ese sentido, tienen que ser las tareas a desarrollar –como hoy sucede igual en España y Argentina– para poder construir otro país totalmente diferente al que recibimos luego de esos largos periodos de triste desarrollo nulo por los que pasamos, y que le han hecho expresar a Davis Ibarra, antiguo secretario de Hacienda del país, de olvidarnos del desarrollo económico y optar mejor por un crecimiento con justicia social equitativo y acelerado, objetivo al cual se oponen hasta hoy, abiertamente, los inversores de la iniciativa privada, por lo que el peso de la inversión hoy en México recae casi únicamente en el Estado, lo cual nos hace pensar en uno más de los dilemas que plantea hoy dejar atrás al neoliberalismo: ¿para crecer económicamente, luego del neoliberalismo, sólo se puede lograr si nuestros países siguen dentro del neoliberalismo? La respuesta es obvio que no, si hasta la saciedad sabemos que el objetivo de una sociedad justa no es crecer por crecer, sino crecer y poder, además, distribuir equitativamente lo producido y el dinero de ello obtenido, de allí el señalamiento justo de Ibarra.
Pero lo que no se debe evitar, a tales alturas del partido, es seguir manteniendo la impunidad. Es decir, las herencias que hoy padecemos conllevaron, siempre, violación de la ley por parte de autores múltiples (indistintamente del sector público y el sector privado), sabiendo que la propia ley señala, en el caso de los delitos que ellos cometieron, restitución inmediata de los bienes que fraudulentamente le fueron arrebatados a la Nación. Hágase un balance de esos fraudes durante los últimos cincuenta años y la fortuna que ello implica bien pudiera hacer despegar la economía del país. ¿Por qué entonces mantener la impunidad?
De ahí entonces la reiteración del por qué no castigar si todo lo justifica, si nada ni nadie, creo, estaría en contra de la ley, ¿será acaso porque las fiscalías no están cumpliendo con las tareas qué les corresponden o cuáles son las verdaderas razones de esa evasión de las responsabilidades; será acaso porque la administración pública no se está llevando correctamente a cabo? Sí, es cierto, el fardo de las herencias es enorme y pesa un buen. Tanto así que hoy el país no puede caminar o camina rengueando, cuando se necesita que virtualmente estuviera corriendo. Dejarlo así, conlleva no sólo escuchar los gritos histéricos de Jorge Ramos de Univisión, sino dejar difusa la imagen de un gobierno que realmente intenta ser diferente, planteándose así, continuamente, el debate de si se puede o no, sea por la causa que sea (impunidad, fraudes, herencias, estrategias, carencia de experiencia en la administración pública, crítica de mala leche), impulsar al nuevo país que se necesita se asiente, ya, definitivamente.
Allí está, pues, el dilema: ¿cuánto tiempo deberá pasar para que el país que la gran mayoría de los mexicanos queremos finalmente se asiente: un mes, doce meses, cinco años, cuánto? Esa es la pregunta a la cual, pronto, hay que dar respuesta.
*Profesor jubilado de la UPN
gomeboka@yahoo.com.mx

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