LA COSTUMBRE DEL PODER: 500 años de agravios y beneficios



*En lugar de exigir una reivindicación retórica a los conquistadores del alma y de la economía, que esta 4T piense en iniciar la redención social definitiva de los pueblos originarios. Pero no se inquieten. No sucederá

 

Gregorio Ortega Molina

Todo choque de civilizaciones conlleva muerte y destrucción. Entenderlo requiere de una mínima formación educativa y cultural, y si se desea profundizar en el tema, el estudio especializado de la historia. Simplificar las consecuencias es propio de una mente infantil, o perversa.

     Hernán Cortés, como Francisco Pizarro y otros señeros “conquistadores” de América se comportaron como lo tenían previsto. Llegaron a conquistar, su propósito no fue colonizar y mucho menos evangelizar. El producto de esa aventura, a 500 años, somos los mexicanos de hoy, incluida la evolución o involución de los pueblos originarios.

     Tendría que profundizarse en el término sincretismo y modificar o ampliar su significado. Acotarlo a los comportamientos religiosos y culturales es negarse a ver la manera en que el cruce de razas modificó a los que llegaron para quedarse, y a los que los recibieron, siendo esclavizados, asimilados, evangelizados y reivindicados a partir de la Independencia. Somos los descendientes culturales y étnicos de esos contendientes.

     Lo que hemos hecho -todos, nadie puede excluirse- con los pueblos originarios desde 1821 hasta la fecha no es agravio ni responsabilidad de los conquistadores y evangelizadores, sino de nosotros, los que nos consideramos mexicanos y ajenos a ese racismo y sectarismo que envenena culturas y destruye naciones enteras, civilizaciones.

     Es cierto, hubo expolio sistémico durante trecientos años, pero durante los 200 de vida independiente ese maltrato sólo se modificó en su manera de hacer y en el nombre. Transitamos del colonialismo al neocolonialismo, y del abuso de los conquistadores y los virreyes al que ahora cometen partidos políticos, administradores públicos, representantes de la sociedad, patrones, jueces y esos malos sacerdotes o clérigos de diversas denominaciones cristianas, que se solazan en el abuso sexual a mujeres y niñas y niños.

     Es correcta la idea de los festejos del sesquicentenario de la Conquiste y del bicentenario de la Independencia, fue un choque de civilizaciones que requiere de un balance serio, como el formulado por Jacques Lafaye en Quetzalcóatl y Guadalupe, que nos ilumina sobre la manera en que nos comportamos y por qué lo hacemos así. No es un tratado de sociología, sino un libro que nos habla de la manera de ser, como los escritos por Uranga y Villoro.

     En lugar de la tontería de exigir disculpas por actos volitivos o involuntarios cometidos por personas que dejaron de existir hace cientos de años, y que vivieron en países que ya no existen, como lo es el caso de Castilla, debemos pensar en recuperar todo eso bueno que llegó con ese choque de civilizaciones, como el que ahora ocurre y quedó definido por Samuel P. Huntington. La llegada de los españoles y sajones a América equivale a lo que hoy son “alineamientos definidos por la cultura y la civilización, y reordenamientos étnicos y religiosos”.

     En lugar de exigir una reivindicación retórica a los conquistadores del alma y de la economía, que esta 4T piense en iniciar la redención social definitiva de los pueblos originarios. Pero no se inquieten. No sucederá.

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Empecemos por reconocerlos, pero lo dudo, como otro amigo que me indica ponga atención a la última Encíclica del Papa Francisco, donde se advierte: “El gusto de reconocer al otro. 218. Esto implica el hábito de reconocer al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente. A partir de ese reconocimiento hecho cultura se vuelve posible la gestación de un pacto social. Sin ese reconocimiento surgen maneras sutiles de buscar que el otro pierda todo significado, que se vuelva irrelevante, que no se le reconozca algún valor en la sociedad. Detrás del rechazo de determinadas formas visibles de violencia, suele esconderse otra violencia más solapada: la de quienes desprecian al diferente, sobre todo cuando sus reclamos perjudican, de algún modo, los propios intereses”.

     A estas alturas el subcomandante Marcos ya tuvo tiempo suficiente de darse cuenta.

www.gregorioortega.blog                                     @OrtegaGregorio

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