Rusia pretendió invadir Japón por el Hokkaido

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Luis Alberto García / Sapporo, Japón

* Propuesta imposible para un plan de ataque a las islas septentrionales.
* Ese era el plan bélico inicial de A.N. Kuropatkin, luego general en jefe.
* Servicios de inteligencia subestimaron la capacidad de movilización japonesa.
* La falta de unidad de mando fue otra de las fallas del Ejército zarista.
* Nicolás II decidió intervenir demasiado tarde: la derrota era inminente.
* Evgueni I. Alexéiev, almirante y virrey, se hizo a un lado con soberbia.

En un mensaje confidencial enviado el 15 de febrero de 1904 al zar Nicolás II a San Petersburgo, el general Alexander Kuropatkin –quien luego sería el jefe del Ejército ruso en Manchuria-, explicó cuál era su plan de operaciones, que proponía evitar la entrada en combate hacia el exterior de ese territorio, en un momento en que debían empezar las acciones contraofensivas.

La ambiciosa culminación a éstas sería nada más y nada menos que un desembarco impracticable e imposible en las islas del Japón, iniciándolo en el Hokkaido, la región septentrional del archipiélago nipón, limítrofe con Sajalín, tierra insular alargada, apenas separada por unos kilómetros de Rusia por el estrecho de La Perouse.

Sin embargo, los informes de inteligencia rusos habían subestimado la capacidad de movilización de los japoneses, y se suponía que sus tropas en el continente no pasarían de 200 mil; pero el imperio nipón sería capaz de movilizar a un millón 100 mil, con fallas del espionaje ruso que se vieron agravadas por errores de cálculo en lo que a logística se refiere, aunque de modo diferente en un bando y en otro.

Los servicios de intendencia rusos también calcularon mal las necesidades para el despliegue de tropas en el Lejano Oriente, saturando absurdamente y sin necesidad la red ferroviaria, de por sí exigua y sobrecargada, penuria que a su vez nulificaba la posibilidad para ejecutar grandes maniobras, en tanto los japoneses veían cómo la exigencia de trasladar sus suministros aumentaba hasta el límite.

Una carencia que solamente padecieron los rusos fue la falta de unidad de mando, y durante los primeros nueve meses del conflicto la dirección del Ejército zarista recayó aparentemente sobre Kuropatkin, mientras que el almirante y virrey Evgueni Alexéiev ejercía el mando absoluto sobre todas las fuerzas armadas, navales y terrestres, sin que ambos compartieran las mismas prioridades estratégicas.

Lo mismo que las acciones operativas, pues mientras el primero prefería intercambiar espacio por tiempo para aumentar sus efectivos, el otro exigía que se auxiliara a Port Arthur y de la I Flota del Pacífico que, inerme, inmóvil, se encontraba inútilmente anclada en la ciudad portuaria.

Temeroso y sin carácter –dos de sus peores defectos-, Nicolás II decidió no intervenir, situación que influiría catastrófica e inexorablemente en la guerra hasta noviembre de 1904, cuando la balanza se empezó a inclinar sin remedio hacia las tropas imparables del emperador Matsuhito, que, con firmeza y prolongadamente, se mantuvo en el poder de 1867 a 1912 en nombre de la dinastía Meiji.

En términos estrictamente militares, la campaña de Manchuria duró del 12 de febrero de 1904 al 9 de mayo de 1905, y el primer paso los dieron los japoneses al tomar las islas Kintai y Kyuri: el primer error de los rusos fue abandonar la colina del Tigre, desde donde se domina la región de tierra adentro, destruyendo desde ahí la artillería de los europeos.

Luego de feroces batallas, la victoria final culminó con las tomas de Fengwangcheng y Chuliencheng, conseguidas con cierto esfuerzo el 5 de mayo, cuando la II Flota del Pacífico aún estaba lejos de llegar a su objetivo, luego de navegar del mar Báltico al mar del Japón durante nueve meses.

En el tiempo intermedio, el 22 de julio de 1905 llegó el cuartel general de Nogi. Oyama Iwao, cuya intención era atraer a Kuropatkin en una gran batalla para cercarlo. Debido a que el número de efectivos rusos era alto, con resultados parciales favorable para ese mariscal en las semanas anteriores a esa fecha.

Kuropatkin combatió y aseguró su frente y flancos con tres cinturones defensivos bien situados y con ocho destacamentos independientes; sin embargo cometió el error de desplegar demasiadas tropas en misiones de seguridad y apoyo, complicando las gestiones de su propio mando al reducir las reservas disponibles.

A pesar de las precauciones rusas, la ofensiva de Oyama del 25 de agosto tomó desprevenido a Kuropatkin, quien perdió la iniciativa; pero ambos contendientes combatieron con encono para dominar los puntos clave del terreno, hasta que el general ruso debió replegarse para poder alcanzar las vías del Ferrocarril del Sur de Manchuria, donde solamente la oposición del Ejército siberiano mantuvo la resistencia.

El 23 de octubre, el zar refrendó su confianza en Kuropatkin, y fue hasta entonces cuando decidió darle carta blanca para comandar a la totalidad de las tropas terrestres en Manchuria, dos días después y haciendo gala de una lentitud e ingratitud incomprensibles y destituir a Alexéiev, quien hizo a un lado su soberbia y dimitió como virrey, finalizando hasta entonces la duplicidad de funciones en medio de la tragedia.

Sin embargo, esa poco ejemplar situación no mejoró en lo más mínimo, porque Port Arthur, casi abandonada a su suerte, capituló el 2 de enero de 1905, el amanecer de un año que sería fatal para el Imperio fundado por Mijaíl Romanov hacía casi tres siglos, en vista que, para mayores males, la impopularidad del zar y su modo de gobernar estaban llevando al caos a su regimen.

En 1905, tuvo su inicio la llamada primera Revolución Rusa, proceso de extraordinaria magnitud histórica que dio forma, con sus extraordinarias consecuencias, al siglo XX y cuyos antecedentes se larvaron en la descomposición progresiva de la autocracia zarista con Nicolás II como su último, ignorante y cobarde gobernante.

Los síntomas de lo que iba a ocurrir a partir de entonces –con su culminación el 25 de octubre de 1917- ya se podían contemplar con el resultado que tuvo la Guerra Ruso-Japonesa en 1905, escenificada en toda su complejidad y dramatismo en las costas y llanuras de China y Corea, al otro lado del mundo.

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