CIUDAD DE MÉXICO.- Un reportaje de Andrés Seoane publicado en El Mundo les preguntó a siete escritores españoles —Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, Manuel Jabois, Agustín Fernández Mallo, Sara Barquinero, Jorge Carrión y Mikel Santiago— no si usan inteligencia artificial, sino para qué. Las respuestas coinciden en dónde está la frontera. También coinciden, sin proponérselo, en algo que el reportaje no señala: casi todo lo que le delegan a la máquina es trabajo que históricamente hacía una editorial.
De acuerdo con Proyecto451, el acuerdo entre los siete es notable por lo preciso. Mikel Santiago, que además de novelista es informático, lo formula sin matices: nunca le pediría que escribiera una escena ni un diálogo. Fernández Mallo responde antes de que termine la pregunta: “Jamás la usé para escribir”. Y ubica la línea roja en un lugar concreto: pedirle un texto, firmarlo y hacerlo pasar por obra propia es un fraude. Cercas llega al mismo sitio por otro camino. Un escritor no escribe para producir texto; escribe para pensar, para descubrir cosas que no sabía antes de sentarse. Si la máquina hace ese trabajo, ya no es él quien escribe.
Lo que sí hacen con ella
Acá está lo interesante y conviene leer la lista completa junta porque la coincidencia salta a la vista.
Jabois la usa como reemplazo de Google para documentación puntual y para explorar posibilidades léxicas cuando una expresión le genera dudas. Señala que después hay que comprobarlo todo: “Y quien crea que esto consiste en pegar lo que devuelve la máquina no entendió nada”.
Santiago la describe como extraordinariamente eficiente para las tareas periféricas de la novela: ordenar información, reunir documentación dispersa, señalar incoherencias de continuidad entre capítulos. Menciona además aplicaciones que analizan el manuscrito y marcan dónde baja el ritmo o en qué momentos un personaje deja de comportarse como venía haciéndolo, y las compara explícitamente con una revisión editorial.
Barquinero es la que más lejos llevó el dispositivo y la que lo cuenta con menos reservas. “La utilizo muchísimo; no me da vergüenza decirlo”. Se programó un modelo propio que conoce su situación profesional, de modo que no tiene que explicarle que es autora ni cómo funciona su agencia cuando le pregunta cuánto va a cobrar por una traducción.
Le resuelve desde facturas hasta correos. Y para cada libro arma un modelo específico al que va cargando borradores, notas y versiones sucesivas y que después le avisa si un personaje llevaba una camisa verde y ochenta páginas más tarde aparece con una azul.
Carrión, que realizó el experimento de escribir con formas primitivas de IA en Los campos electromagnéticos (Caja Negra, 2023), hizo el movimiento inverso cuando apareció GPT-4 y volvió a escribir a mano durante más de dos años. Hoy la reincorporó, pero no para que escriba, sino para que investigue, localice artículos científicos y rastree la bibliografía imprescindible sobre un tema.
Vila-Matas, que compone por fragmentos, le encontró un uso que ninguna editorial había previsto: buscar frases que sabe que escribió él y no logra ubicar en su propio archivo.
Documentación y verificación de datos de época. Ordenamiento de material disperso. Control de continuidad entre capítulos. Detección de caídas de ritmo. Consistencia en el comportamiento de los personajes. Rastreo bibliográfico. Recuperación en el propio archivo del autor. Eso no es escritura: es gran parte del trabajo del editor y del corrector. La IA no entró en la literatura por la puerta de la autoría, sino por la del proceso editorial, y lo hizo del lado del autor.
AM.MX/fm
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